domingo, septiembre 02, 2001

RECUERDOS 2001 Entrevista con un músico excepcional. Ricardo Miralles, el alma sonora de Serrat


 RECUERDOS 2001

Entrevista con un músico excepcional. Ricardo Miralles, el alma sonora de Serrat

El pianista y arreglador acompaña ahora a Alberto Cortez, pero siempre se lo recuerda como gran soporte del artista catalán

2 de Septiembre de 2001

¿Quién pudo haber olvidado -si lo escuchó alguna vez- el clima de aquellos primeros temas del disco de 1969 "Joan Manuel Serrat": "La paloma", "El titiritero", "Poco antes de que den las diez"? 
Quién no atesora todavía, tras el paso de tres décadas, canciones como "Tu nombre me sabe a hierba" (por Dios, no yerba , como reza en alguna recopilación ulterior), "En nuestra casa", "Balada de otoño", "Poema de amor" o "Mis gaviotas"?

Todas ellas llevan el sello Miralles. Ricardo Miralles, desde el piano, supo entretejer en aquellos fines de los años 60 y principios de los 70 miles de notas, cadencias y comentarios musicales junto con un grupo instrumental que sonaba como la mejor música de cámara en el reino de lo popular.

Miralles acompañaba a Serrat en su doble rol de pianista y director musical desde aquel ignoto disco en catalán "Per Sant Joan", hacia fines de los 60, hasta el de "Los bienaventurados", en la década del 80.
Habían producido el encantamiento de miles de jóvenes ansiosos de buena música y mejor poesía cuando apareció el disco "Dedicado a Antonio Machado, poeta", con "Cantares", "Retrato", "Las moscas", "La saeta", "A un olmo seco"... 

Desde entonces, todo el mundo gozó al corear aquellos versos del poeta andaluz: "Caminante, no hay camino/se hace camino al andar". Después llegarían nuevas y emblemáticas, como "De parto", "Arena y limo", "Decir amigo"...

Vendría más tarde el maravilloso "Para piel de manzana", con "El carrousel del Furo", "Conversando con la noche y con el viento", "A ese pájaro dorado", "La casita blanca", que nunca más nos regaló Serrat en sus recitales. Les seguiría "En tránsito", con "Una de piratas", "Porque la quería", "Las malas compañías", "No hago otra cosa que pensar en ti", "Hoy puede ser un gran día", que el músico poeta rescata a medias en sus encuentros con la gente que lo ama.

Una elección difícil
Hacia mediados de los 80 aparecerían "Cada loco con su tema" y las canciones "Algo personal", "De vez en cuando la vida" y "Sinceramente tuyo". 
Y, hacia el final, "El sur también existe", dedicado al uruguayo Mario Benedetti, donde disfrutaríamos de aquel irrepetible "Una mujer desnuda y en lo oscuro", precedido por "Hagamos un trato" y "Los formales y el frío"...

¿Con cuál quedarse de toda esa sorprendente, antológica temática hecha poesía y canción, que enriqueció como nadie el cancionero en español de todos los tiempos?
Ricardo Miralles lo sabe, seguramente, pero jamás lo ha de proclamar. 
Le basta con haber sostenido con inagotable imaginación ese maravilloso cancionero con su bagaje de testimonio, ternura, humor y lirismo.
Para emprender esa gesta, Miralles estaba preparado sin saberlo. El lo cuenta, a instancias de LA NACION.

"Estudié armonía, contrapunto y composición con el maestro Joaquín Zamaçois en el Conservatorio Municipal de Barcelona. 
Empecé a los 8 y estuve allí hasta los 18. Pero a los 15 ya había andado con la orquesta de fiestas de mi padre (trompetista que aún vive) por los pueblos. 
Recuerdo que casi siempre cerrábamos la actuación de esos bailes con tangos orquestales, pero por cierto "berretas". Empecé tocando también la trompeta, pero entre todos me llevaron al piano. La consolidación de aquel aprendizaje en el conservatorio la logré después de los 18, al tocar en salones nocturnos. 

En esa época conocí a Teté Montoliú. Oficié incluso de lazarillo. El desde el piano me impregnó del aroma jazzístico."
-Te tentó el jazz...
-Sí. Cuando ya tenía 20. Y toqué muchísimo en Barcelona y Madrid. 
Aprendí mucho de Pedro Iturralde y Clide Humpton, de gente americana en el Whisky 
Jazz Madrid y en el Tamboree de Barcelona. Era jazz moderno, aunque me interesa el tradicional, sólo para escucharlo. 

Llegó entonces a mi entorno, mientras estaba en Palma de Mallorca, el movimiento de la Nueva Cançó a través de Pi de la Serra, a quien había acompañado en un disco. 
Pi me presentó a Joan Manuel en aquel tiempo del servicio militar. 
Por ese tiempo había firmado contrato como director musical y asesor del sello Discofón, que se manejaba muy a la antigua. 
Fue una lucha. Yo apuntaba a la música de Miles Davis y ellos miraban para atrás. 
Pero fue una época muy bonita.

-¿Qué pasó con Joan Manuel?
-Pues que yo estaba de vacaciones en la Costa Brava y Teté acompañaba, improvisando, sobre lo que Joan Manuel hacía en guitarra. 
Allí vino el episodio de Eurovisión en el que, como tú sabes, Joan Manuel se negó a cantar en castellano. 
La repercusión de esto empujó más a la fama a Joan Manuel, que ya tenía prestigio. 

Y como Teté se dedicaba al jazz y Serrat precisaba un pianista me preguntaron si me interesaría acompañarlo. 
Dije que sí porque, además, se duplicaba el sueldo de lo que me pagaban en la discográfica. Allí empezó mi historia de veinte años con él.

-Y, enseguida, América latina...
-Enseguida. Entramos por Río de Janeiro, a un gran festival de la canción popular. El concursó con "Penélope", que lleva música de Calderón. 
Pues allí surgieron varios contratos. 
Era la época en que triunfaban Sandro y Piazzolla con su "Balada..." y con el quinteto que tenía con Agri, Manzi, Cacho Tirao y Kicho Díaz. 

Eso me dio vuelta la cabeza por su inspiración y su hondura. 
También me llegó lo de Salgán y su estilo mozartiano y juguetón junto a De Lío.
-Pero lo tuyo con Serrat ¿intuías que era algo trascendente?
-Eramos jóvenes y entre nosotros reinaba un clima cordial. 
Pero lo tomábamos como un juego mientras se trabajaba en los arreglos. 

Yo tenía un block con pentagramas y hacía mis anotaciones mientras él tocaba la guitarra y cantaba cada tema. 
Entonces no se grababa nada en cassettes, como hoy, sino que la cosa era personal y directa. 
Entonces me ponía a elaborar como me habían enseñado en el conservatorio. 

Como me gusta mucho la música clásica, algo había aprendido. Incluso había gente que me llamaba "el sinfónico", porque manejaba bien el sector de cuerdas. 
Yo decidía, porque tampoco había productor (que muchas veces no saben nada). 
Nos preguntábamos con Joan Manuel sobre esto o aquello; él proponía, yo también, y nos entendíamos. 

Yo buscaba la variedad tímbrica y de conceptos rítmicos y armónicos en los arreglos, a veces con varios aciertos, a veces con menos. 
Nunca hubo problemas. 
Respetábamos el trabajo de cada cual.

-¿Por qué y cuándo ocurrió tu ruptura con Serrat?
-No fue exactamente eso. Cuando se estaba gestando el disco "Material sensible" en la discográfica -no sé por influjo de quién (nunca se sabe)- me proponen la dirección artística, pero no el rol de arreglador. 
Esto me sorprendió y me di el gusto de decir que no.
Entonces nos separamos. 

Después Joan Manuel hizo "Utopía", "Sombras de la China"... con otros. 
Pero, eso sí, él siempre me manda, a través de su oficina, su último disco. 
El contacto no se perdió nunca. 
A tal punto que cuando murió José María Bardají, que arregló "Material sensible", el hijo me convocó al recital de homenaje a su padre pidiéndome que yo acompañara a Serrat porque a "papá, me dijo, le hubiera encantado". 
Fue entonces cuando a Joan Manuel le agarró esa angina.
-Vale decir que no tuviste disputas con Serrat.
-No tuve problemas con él. 
Cada artista tiene que cuidar su carrera. 

Por eso, seguramente él o su entorno decidieron que no haga yo los arreglos. 
Y yo no quise quedarme como simple director musical.
-Debe de haber sido fascinante verlos trabajar a los dos.
-Joan Manuel hacía sus canciones con su guitarra. 

Me preguntaba sobre algunos acordes algo raros y yo le explicaba. 
El tiene un talento innato para crear. 
Y yo estaba allí para despejar dudas. 
Yo siempre escribí para cada instrumento y luego venía el copista a pasarlo en las particellas. 
La exigencia era saber leer música. 

No como hacen los flamencos, que improvisan. 
Y lo hacen muy bien. 
Nosotros, en cada gira, fuimos cambiando la instrumentación. 
Desde el comienzo de una canción hasta los arreglos y ensayos pasaban dos meses y medio, generalmente.
El don de inventar

-De entre los discos ¿tienes alguno de tu preferencia?
-Si pienso en lo más logrado, me quedo con "El sur también existe". 
Lo que se logró allí tiene mucho valor. 
En un momento me sobrecogió esa canción por su significado. 
En realidad, no tengo muy presente todo. Tampoco soy dado a escuchar lo que hice. 
Sé que hay cosas que quedaron muy bonitas. Uno disfrutó con ese don de inventar melodías; sonaba muy fresco. 

Creo que con Joan Manuel me unía haber nacido en el mismo sitio y muchas otras coincidencias. 
Nunca tomamos lo nuestro como un trabajo. Yo lo asumí como cosa propia. 
No lo consideraba un encargo sino algo mío. 
En esa época estábamos muy lejos de lo que pedía el mercado discográfico. 
Nada tuvimos que ver con la exigencia de la moda. 
Además nunca me buscaron para estar en otra cosa. 

Sí me convocó, por ejemplo, Soledad Bravo para hacer un disco.
-¿A qué te consagraste en los últimos años?
-Desde 1989 me dediqué a la enseñanza en la Escuela de Música Creativa de Madrid. 
Allí venían muchos pianistas de la música clásica buscando adaptarse a la música popular. 
Por otro lado, formamos un dúo jazzístico contemporáneo con Horacio Icasto. 

Fue una época muy fructífera. 
Ofrecimos conciertos para televisión en "Jazz entre amigos". 
Con el jazz se hace poco dinero. 
De todos modos me encantaría hacer más cosas. 
En la enseñanza hay cosas implícitas pero olvidadas. Uno aprende enseñando. 
Yo veo en los jóvenes mucha técnica, mucha soltura, pero falta el concepto; no saben utilizar lo que han aprendido. 

Si uno estuviera bien pagado valdría la pena consagrarse a la enseñanza.
-¿Cómo se entabla tu vinculación con Alberto Cortez?
-En 1993 me llamaron para unas galas en España. Santiago Reyes estaba con Cortez. Allí surgió entonces "Lo Cortez no quita lo Cabral", con Facundo. 
Hicimos una gira por todo el país, desde Misiones hasta Ushuaia. Alberto es un tipo muy querido. 
En cuanto al trabajo, fue distinto que con Serrat. 
Aquí ya había arreglos hechos que yo podía retocar. Y me adapté. 
En estas giras últimas con Alberto tocamos con músicos de aquí. 

De lo que hicimos con Cortez, lo que más me place son los cinco discos de "Canciones desnudas".
-¿Compones?
-Compuse mucho para cine. 
Allí caben muchos estilos. 
Incluso en varios policiales para los que escribí. 
Por esto soy miembro de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. 
Para eso debo pagar mi cuota... 

Llevo 21 películas. Una con José Sacristán. 
Me encanta la preparación de una película, las escenas, el montaje. 
Es un mundo lejos de la música popular, donde hay muchos cholulos. 
Traté de hacer el trabajo lo mejor posible. Creo que los directores españoles no son muy amantes de la música. 
Yo admiro el lenguaje contemporáneo sin llegar a la atonalidad.
Qué te hace feliz como músico?
-Entre otras cosas, el reconocimiento de la gente de mi profesión. 
Me tratan muy bien. Eso es lo mejor.

-¿Cómo asumes la música de América latina?
-Me gustan mucho el tango y el folklore, que han alcanzado una altura increíble, casi como la cubana o la brasileña. 
El tango tiene profundidades de la música clásica. Del folklore, me encanta el Cuchi Leguizamón. 
Para mí fue un honor estrecharle la mano. A él le gustó lo que hago en el piano.
-¿Tocas clásicos?
-Sí. Bach, Beethoven. 

Más que tocar, los leo. Sobre todo, el Clave bien temperado, de Bach, y las sonatas de Beethoven. 
También me interesan Bela Bartok, Ravel, Mahler, Shostakovich, Schoenberg, Messiaen, Penderecki. Las vanguardias me atraen siempre.

René Vargas Vera

RECUERDOS 2001 Entrevista con un músico excepcional. Ricardo Miralles, el alma sonora de Serrat


 RECUERDOS 2001

Entrevista con un músico excepcional. Ricardo Miralles, el alma sonora de Serrat

El pianista y arreglador acompaña ahora a Alberto Cortez, pero siempre se lo recuerda como gran soporte del artista catalán

2 de Septiembre de 2001

¿Quién pudo haber olvidado -si lo escuchó alguna vez- el clima de aquellos primeros temas del disco de 1969 "Joan Manuel Serrat": "La paloma", "El titiritero", "Poco antes de que den las diez"? 
Quién no atesora todavía, tras el paso de tres décadas, canciones como "Tu nombre me sabe a hierba" (por Dios, no yerba , como reza en alguna recopilación ulterior), "En nuestra casa", "Balada de otoño", "Poema de amor" o "Mis gaviotas"?

Todas ellas llevan el sello Miralles. Ricardo Miralles, desde el piano, supo entretejer en aquellos fines de los años 60 y principios de los 70 miles de notas, cadencias y comentarios musicales junto con un grupo instrumental que sonaba como la mejor música de cámara en el reino de lo popular.

Miralles acompañaba a Serrat en su doble rol de pianista y director musical desde aquel ignoto disco en catalán "Per Sant Joan", hacia fines de los 60, hasta el de "Los bienaventurados", en la década del 80.
Habían producido el encantamiento de miles de jóvenes ansiosos de buena música y mejor poesía cuando apareció el disco "Dedicado a Antonio Machado, poeta", con "Cantares", "Retrato", "Las moscas", "La saeta", "A un olmo seco"... 

Desde entonces, todo el mundo gozó al corear aquellos versos del poeta andaluz: "Caminante, no hay camino/se hace camino al andar". Después llegarían nuevas y emblemáticas, como "De parto", "Arena y limo", "Decir amigo"...

Vendría más tarde el maravilloso "Para piel de manzana", con "El carrousel del Furo", "Conversando con la noche y con el viento", "A ese pájaro dorado", "La casita blanca", que nunca más nos regaló Serrat en sus recitales. Les seguiría "En tránsito", con "Una de piratas", "Porque la quería", "Las malas compañías", "No hago otra cosa que pensar en ti", "Hoy puede ser un gran día", que el músico poeta rescata a medias en sus encuentros con la gente que lo ama.

Una elección difícil
Hacia mediados de los 80 aparecerían "Cada loco con su tema" y las canciones "Algo personal", "De vez en cuando la vida" y "Sinceramente tuyo". 
Y, hacia el final, "El sur también existe", dedicado al uruguayo Mario Benedetti, donde disfrutaríamos de aquel irrepetible "Una mujer desnuda y en lo oscuro", precedido por "Hagamos un trato" y "Los formales y el frío"...

¿Con cuál quedarse de toda esa sorprendente, antológica temática hecha poesía y canción, que enriqueció como nadie el cancionero en español de todos los tiempos?
Ricardo Miralles lo sabe, seguramente, pero jamás lo ha de proclamar. 
Le basta con haber sostenido con inagotable imaginación ese maravilloso cancionero con su bagaje de testimonio, ternura, humor y lirismo.
Para emprender esa gesta, Miralles estaba preparado sin saberlo. El lo cuenta, a instancias de LA NACION.

"Estudié armonía, contrapunto y composición con el maestro Joaquín Zamaçois en el Conservatorio Municipal de Barcelona. 
Empecé a los 8 y estuve allí hasta los 18. Pero a los 15 ya había andado con la orquesta de fiestas de mi padre (trompetista que aún vive) por los pueblos. 
Recuerdo que casi siempre cerrábamos la actuación de esos bailes con tangos orquestales, pero por cierto "berretas". Empecé tocando también la trompeta, pero entre todos me llevaron al piano. La consolidación de aquel aprendizaje en el conservatorio la logré después de los 18, al tocar en salones nocturnos. 

En esa época conocí a Teté Montoliú. Oficié incluso de lazarillo. El desde el piano me impregnó del aroma jazzístico."
-Te tentó el jazz...
-Sí. Cuando ya tenía 20. Y toqué muchísimo en Barcelona y Madrid. 
Aprendí mucho de Pedro Iturralde y Clide Humpton, de gente americana en el Whisky 
Jazz Madrid y en el Tamboree de Barcelona. Era jazz moderno, aunque me interesa el tradicional, sólo para escucharlo. 

Llegó entonces a mi entorno, mientras estaba en Palma de Mallorca, el movimiento de la Nueva Cançó a través de Pi de la Serra, a quien había acompañado en un disco. 
Pi me presentó a Joan Manuel en aquel tiempo del servicio militar. 
Por ese tiempo había firmado contrato como director musical y asesor del sello Discofón, que se manejaba muy a la antigua. 
Fue una lucha. Yo apuntaba a la música de Miles Davis y ellos miraban para atrás. 
Pero fue una época muy bonita.

-¿Qué pasó con Joan Manuel?
-Pues que yo estaba de vacaciones en la Costa Brava y Teté acompañaba, improvisando, sobre lo que Joan Manuel hacía en guitarra. 
Allí vino el episodio de Eurovisión en el que, como tú sabes, Joan Manuel se negó a cantar en castellano. 
La repercusión de esto empujó más a la fama a Joan Manuel, que ya tenía prestigio. 

Y como Teté se dedicaba al jazz y Serrat precisaba un pianista me preguntaron si me interesaría acompañarlo. 
Dije que sí porque, además, se duplicaba el sueldo de lo que me pagaban en la discográfica. Allí empezó mi historia de veinte años con él.

-Y, enseguida, América latina...
-Enseguida. Entramos por Río de Janeiro, a un gran festival de la canción popular. El concursó con "Penélope", que lleva música de Calderón. 
Pues allí surgieron varios contratos. 
Era la época en que triunfaban Sandro y Piazzolla con su "Balada..." y con el quinteto que tenía con Agri, Manzi, Cacho Tirao y Kicho Díaz. 

Eso me dio vuelta la cabeza por su inspiración y su hondura. 
También me llegó lo de Salgán y su estilo mozartiano y juguetón junto a De Lío.
-Pero lo tuyo con Serrat ¿intuías que era algo trascendente?
-Eramos jóvenes y entre nosotros reinaba un clima cordial. 
Pero lo tomábamos como un juego mientras se trabajaba en los arreglos. 

Yo tenía un block con pentagramas y hacía mis anotaciones mientras él tocaba la guitarra y cantaba cada tema. 
Entonces no se grababa nada en cassettes, como hoy, sino que la cosa era personal y directa. 
Entonces me ponía a elaborar como me habían enseñado en el conservatorio. 

Como me gusta mucho la música clásica, algo había aprendido. Incluso había gente que me llamaba "el sinfónico", porque manejaba bien el sector de cuerdas. 
Yo decidía, porque tampoco había productor (que muchas veces no saben nada). 
Nos preguntábamos con Joan Manuel sobre esto o aquello; él proponía, yo también, y nos entendíamos. 

Yo buscaba la variedad tímbrica y de conceptos rítmicos y armónicos en los arreglos, a veces con varios aciertos, a veces con menos. 
Nunca hubo problemas. 
Respetábamos el trabajo de cada cual.

-¿Por qué y cuándo ocurrió tu ruptura con Serrat?
-No fue exactamente eso. Cuando se estaba gestando el disco "Material sensible" en la discográfica -no sé por influjo de quién (nunca se sabe)- me proponen la dirección artística, pero no el rol de arreglador. 
Esto me sorprendió y me di el gusto de decir que no.
Entonces nos separamos. 

Después Joan Manuel hizo "Utopía", "Sombras de la China"... con otros. 
Pero, eso sí, él siempre me manda, a través de su oficina, su último disco. 
El contacto no se perdió nunca. 
A tal punto que cuando murió José María Bardají, que arregló "Material sensible", el hijo me convocó al recital de homenaje a su padre pidiéndome que yo acompañara a Serrat porque a "papá, me dijo, le hubiera encantado". 
Fue entonces cuando a Joan Manuel le agarró esa angina.
-Vale decir que no tuviste disputas con Serrat.
-No tuve problemas con él. 
Cada artista tiene que cuidar su carrera. 

Por eso, seguramente él o su entorno decidieron que no haga yo los arreglos. 
Y yo no quise quedarme como simple director musical.
-Debe de haber sido fascinante verlos trabajar a los dos.
-Joan Manuel hacía sus canciones con su guitarra. 

Me preguntaba sobre algunos acordes algo raros y yo le explicaba. 
El tiene un talento innato para crear. 
Y yo estaba allí para despejar dudas. 
Yo siempre escribí para cada instrumento y luego venía el copista a pasarlo en las particellas. 
La exigencia era saber leer música. 

No como hacen los flamencos, que improvisan. 
Y lo hacen muy bien. 
Nosotros, en cada gira, fuimos cambiando la instrumentación. 
Desde el comienzo de una canción hasta los arreglos y ensayos pasaban dos meses y medio, generalmente.
El don de inventar

-De entre los discos ¿tienes alguno de tu preferencia?
-Si pienso en lo más logrado, me quedo con "El sur también existe". 
Lo que se logró allí tiene mucho valor. 
En un momento me sobrecogió esa canción por su significado. 
En realidad, no tengo muy presente todo. Tampoco soy dado a escuchar lo que hice. 
Sé que hay cosas que quedaron muy bonitas. Uno disfrutó con ese don de inventar melodías; sonaba muy fresco. 

Creo que con Joan Manuel me unía haber nacido en el mismo sitio y muchas otras coincidencias. 
Nunca tomamos lo nuestro como un trabajo. Yo lo asumí como cosa propia. 
No lo consideraba un encargo sino algo mío. 
En esa época estábamos muy lejos de lo que pedía el mercado discográfico. 
Nada tuvimos que ver con la exigencia de la moda. 
Además nunca me buscaron para estar en otra cosa. 

Sí me convocó, por ejemplo, Soledad Bravo para hacer un disco.
-¿A qué te consagraste en los últimos años?
-Desde 1989 me dediqué a la enseñanza en la Escuela de Música Creativa de Madrid. 
Allí venían muchos pianistas de la música clásica buscando adaptarse a la música popular. 
Por otro lado, formamos un dúo jazzístico contemporáneo con Horacio Icasto. 

Fue una época muy fructífera. 
Ofrecimos conciertos para televisión en "Jazz entre amigos". 
Con el jazz se hace poco dinero. 
De todos modos me encantaría hacer más cosas. 
En la enseñanza hay cosas implícitas pero olvidadas. Uno aprende enseñando. 
Yo veo en los jóvenes mucha técnica, mucha soltura, pero falta el concepto; no saben utilizar lo que han aprendido. 

Si uno estuviera bien pagado valdría la pena consagrarse a la enseñanza.
-¿Cómo se entabla tu vinculación con Alberto Cortez?
-En 1993 me llamaron para unas galas en España. Santiago Reyes estaba con Cortez. Allí surgió entonces "Lo Cortez no quita lo Cabral", con Facundo. 
Hicimos una gira por todo el país, desde Misiones hasta Ushuaia. Alberto es un tipo muy querido. 
En cuanto al trabajo, fue distinto que con Serrat. 
Aquí ya había arreglos hechos que yo podía retocar. Y me adapté. 
En estas giras últimas con Alberto tocamos con músicos de aquí. 

De lo que hicimos con Cortez, lo que más me place son los cinco discos de "Canciones desnudas".
-¿Compones?
-Compuse mucho para cine. 
Allí caben muchos estilos. 
Incluso en varios policiales para los que escribí. 
Por esto soy miembro de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. 
Para eso debo pagar mi cuota... 

Llevo 21 películas. Una con José Sacristán. 
Me encanta la preparación de una película, las escenas, el montaje. 
Es un mundo lejos de la música popular, donde hay muchos cholulos. 
Traté de hacer el trabajo lo mejor posible. Creo que los directores españoles no son muy amantes de la música. 
Yo admiro el lenguaje contemporáneo sin llegar a la atonalidad.
Qué te hace feliz como músico?
-Entre otras cosas, el reconocimiento de la gente de mi profesión. 
Me tratan muy bien. Eso es lo mejor.

-¿Cómo asumes la música de América latina?
-Me gustan mucho el tango y el folklore, que han alcanzado una altura increíble, casi como la cubana o la brasileña. 
El tango tiene profundidades de la música clásica. Del folklore, me encanta el Cuchi Leguizamón. 
Para mí fue un honor estrecharle la mano. A él le gustó lo que hago en el piano.
-¿Tocas clásicos?
-Sí. Bach, Beethoven. 

Más que tocar, los leo. Sobre todo, el Clave bien temperado, de Bach, y las sonatas de Beethoven. 
También me interesan Bela Bartok, Ravel, Mahler, Shostakovich, Schoenberg, Messiaen, Penderecki. Las vanguardias me atraen siempre.

René Vargas Vera

RECUERDOS 2001 Entrevista con un músico excepcional. Ricardo Miralles, el alma sonora de Serrat

RECUERDOS 2001

Entrevista con un músico excepcional. Ricardo Miralles, el alma sonora de Serrat

El pianista y arreglador acompaña ahora a Alberto Cortez, pero siempre se lo recuerda como gran soporte del artista catalán

2 de Septiembre de 2001

¿Quién pudo haber olvidado -si lo escuchó alguna vez- el clima de aquellos primeros temas del disco de 1969 "Joan Manuel Serrat": "La paloma", "El titiritero", "Poco antes de que den las diez"? 
Quién no atesora todavía, tras el paso de tres décadas, canciones como "Tu nombre me sabe a hierba" (por Dios, no yerba , como reza en alguna recopilación ulterior), "En nuestra casa", "Balada de otoño", "Poema de amor" o "Mis gaviotas"?

Todas ellas llevan el sello Miralles. Ricardo Miralles, desde el piano, supo entretejer en aquellos fines de los años 60 y principios de los 70 miles de notas, cadencias y comentarios musicales junto con un grupo instrumental que sonaba como la mejor música de cámara en el reino de lo popular.

Miralles acompañaba a Serrat en su doble rol de pianista y director musical desde aquel ignoto disco en catalán "Per Sant Joan", hacia fines de los 60, hasta el de "Los bienaventurados", en la década del 80.
Habían producido el encantamiento de miles de jóvenes ansiosos de buena música y mejor poesía cuando apareció el disco "Dedicado a Antonio Machado, poeta", con "Cantares", "Retrato", "Las moscas", "La saeta", "A un olmo seco"... 

Desde entonces, todo el mundo gozó al corear aquellos versos del poeta andaluz: "Caminante, no hay camino/se hace camino al andar". Después llegarían nuevas y emblemáticas, como "De parto", "Arena y limo", "Decir amigo"...

Vendría más tarde el maravilloso "Para piel de manzana", con "El carrousel del Furo", "Conversando con la noche y con el viento", "A ese pájaro dorado", "La casita blanca", que nunca más nos regaló Serrat en sus recitales. Les seguiría "En tránsito", con "Una de piratas", "Porque la quería", "Las malas compañías", "No hago otra cosa que pensar en ti", "Hoy puede ser un gran día", que el músico poeta rescata a medias en sus encuentros con la gente que lo ama.

Una elección difícil
Hacia mediados de los 80 aparecerían "Cada loco con su tema" y las canciones "Algo personal", "De vez en cuando la vida" y "Sinceramente tuyo". 
Y, hacia el final, "El sur también existe", dedicado al uruguayo Mario Benedetti, donde disfrutaríamos de aquel irrepetible "Una mujer desnuda y en lo oscuro", precedido por "Hagamos un trato" y "Los formales y el frío"...

¿Con cuál quedarse de toda esa sorprendente, antológica temática hecha poesía y canción, que enriqueció como nadie el cancionero en español de todos los tiempos?
Ricardo Miralles lo sabe, seguramente, pero jamás lo ha de proclamar. 
Le basta con haber sostenido con inagotable imaginación ese maravilloso cancionero con su bagaje de testimonio, ternura, humor y lirismo.
Para emprender esa gesta, Miralles estaba preparado sin saberlo. El lo cuenta, a instancias de LA NACION.

"Estudié armonía, contrapunto y composición con el maestro Joaquín Zamaçois en el Conservatorio Municipal de Barcelona. 
Empecé a los 8 y estuve allí hasta los 18. Pero a los 15 ya había andado con la orquesta de fiestas de mi padre (trompetista que aún vive) por los pueblos. 
Recuerdo que casi siempre cerrábamos la actuación de esos bailes con tangos orquestales, pero por cierto "berretas". Empecé tocando también la trompeta, pero entre todos me llevaron al piano. La consolidación de aquel aprendizaje en el conservatorio la logré después de los 18, al tocar en salones nocturnos. 

En esa época conocí a Teté Montoliú. Oficié incluso de lazarillo. El desde el piano me impregnó del aroma jazzístico."
-Te tentó el jazz...
-Sí. Cuando ya tenía 20. Y toqué muchísimo en Barcelona y Madrid. 
Aprendí mucho de Pedro Iturralde y Clide Humpton, de gente americana en el Whisky 
Jazz Madrid y en el Tamboree de Barcelona. Era jazz moderno, aunque me interesa el tradicional, sólo para escucharlo. 

Llegó entonces a mi entorno, mientras estaba en Palma de Mallorca, el movimiento de la Nueva Cançó a través de Pi de la Serra, a quien había acompañado en un disco. 
Pi me presentó a Joan Manuel en aquel tiempo del servicio militar. 
Por ese tiempo había firmado contrato como director musical y asesor del sello Discofón, que se manejaba muy a la antigua. 
Fue una lucha. Yo apuntaba a la música de Miles Davis y ellos miraban para atrás. 
Pero fue una época muy bonita.

-¿Qué pasó con Joan Manuel?
-Pues que yo estaba de vacaciones en la Costa Brava y Teté acompañaba, improvisando, sobre lo que Joan Manuel hacía en guitarra. 
Allí vino el episodio de Eurovisión en el que, como tú sabes, Joan Manuel se negó a cantar en castellano. 
La repercusión de esto empujó más a la fama a Joan Manuel, que ya tenía prestigio. 

Y como Teté se dedicaba al jazz y Serrat precisaba un pianista me preguntaron si me interesaría acompañarlo. 
Dije que sí porque, además, se duplicaba el sueldo de lo que me pagaban en la discográfica. Allí empezó mi historia de veinte años con él.

-Y, enseguida, América latina...
-Enseguida. Entramos por Río de Janeiro, a un gran festival de la canción popular. El concursó con "Penélope", que lleva música de Calderón. 
Pues allí surgieron varios contratos. 
Era la época en que triunfaban Sandro y Piazzolla con su "Balada..." y con el quinteto que tenía con Agri, Manzi, Cacho Tirao y Kicho Díaz. 

Eso me dio vuelta la cabeza por su inspiración y su hondura. 
También me llegó lo de Salgán y su estilo mozartiano y juguetón junto a De Lío.
-Pero lo tuyo con Serrat ¿intuías que era algo trascendente?
-Eramos jóvenes y entre nosotros reinaba un clima cordial. 
Pero lo tomábamos como un juego mientras se trabajaba en los arreglos. 

Yo tenía un block con pentagramas y hacía mis anotaciones mientras él tocaba la guitarra y cantaba cada tema. 
Entonces no se grababa nada en cassettes, como hoy, sino que la cosa era personal y directa. 
Entonces me ponía a elaborar como me habían enseñado en el conservatorio. 

Como me gusta mucho la música clásica, algo había aprendido. Incluso había gente que me llamaba "el sinfónico", porque manejaba bien el sector de cuerdas. 
Yo decidía, porque tampoco había productor (que muchas veces no saben nada). 
Nos preguntábamos con Joan Manuel sobre esto o aquello; él proponía, yo también, y nos entendíamos. 

Yo buscaba la variedad tímbrica y de conceptos rítmicos y armónicos en los arreglos, a veces con varios aciertos, a veces con menos. 
Nunca hubo problemas. 
Respetábamos el trabajo de cada cual.

-¿Por qué y cuándo ocurrió tu ruptura con Serrat?
-No fue exactamente eso. Cuando se estaba gestando el disco "Material sensible" en la discográfica -no sé por influjo de quién (nunca se sabe)- me proponen la dirección artística, pero no el rol de arreglador. 
Esto me sorprendió y me di el gusto de decir que no.
Entonces nos separamos. 

Después Joan Manuel hizo "Utopía", "Sombras de la China"... con otros. 
Pero, eso sí, él siempre me manda, a través de su oficina, su último disco. 
El contacto no se perdió nunca. 
A tal punto que cuando murió José María Bardají, que arregló "Material sensible", el hijo me convocó al recital de homenaje a su padre pidiéndome que yo acompañara a Serrat porque a "papá, me dijo, le hubiera encantado". 
Fue entonces cuando a Joan Manuel le agarró esa angina.
-Vale decir que no tuviste disputas con Serrat.
-No tuve problemas con él. 
Cada artista tiene que cuidar su carrera. 

Por eso, seguramente él o su entorno decidieron que no haga yo los arreglos. 
Y yo no quise quedarme como simple director musical.
-Debe de haber sido fascinante verlos trabajar a los dos.
-Joan Manuel hacía sus canciones con su guitarra. 

Me preguntaba sobre algunos acordes algo raros y yo le explicaba. 
El tiene un talento innato para crear. 
Y yo estaba allí para despejar dudas. 
Yo siempre escribí para cada instrumento y luego venía el copista a pasarlo en las particellas. 
La exigencia era saber leer música. 

No como hacen los flamencos, que improvisan. 
Y lo hacen muy bien. 
Nosotros, en cada gira, fuimos cambiando la instrumentación. 
Desde el comienzo de una canción hasta los arreglos y ensayos pasaban dos meses y medio, generalmente.
El don de inventar

-De entre los discos ¿tienes alguno de tu preferencia?
-Si pienso en lo más logrado, me quedo con "El sur también existe". 
Lo que se logró allí tiene mucho valor. 
En un momento me sobrecogió esa canción por su significado. 
En realidad, no tengo muy presente todo. Tampoco soy dado a escuchar lo que hice. 
Sé que hay cosas que quedaron muy bonitas. Uno disfrutó con ese don de inventar melodías; sonaba muy fresco. 

Creo que con Joan Manuel me unía haber nacido en el mismo sitio y muchas otras coincidencias. 
Nunca tomamos lo nuestro como un trabajo. Yo lo asumí como cosa propia. 
No lo consideraba un encargo sino algo mío. 
En esa época estábamos muy lejos de lo que pedía el mercado discográfico. 
Nada tuvimos que ver con la exigencia de la moda. 
Además nunca me buscaron para estar en otra cosa. 

Sí me convocó, por ejemplo, Soledad Bravo para hacer un disco.
-¿A qué te consagraste en los últimos años?
-Desde 1989 me dediqué a la enseñanza en la Escuela de Música Creativa de Madrid. 
Allí venían muchos pianistas de la música clásica buscando adaptarse a la música popular. 
Por otro lado, formamos un dúo jazzístico contemporáneo con Horacio Icasto. 

Fue una época muy fructífera. 
Ofrecimos conciertos para televisión en "Jazz entre amigos". 
Con el jazz se hace poco dinero. 
De todos modos me encantaría hacer más cosas. 
En la enseñanza hay cosas implícitas pero olvidadas. Uno aprende enseñando. 
Yo veo en los jóvenes mucha técnica, mucha soltura, pero falta el concepto; no saben utilizar lo que han aprendido. 

Si uno estuviera bien pagado valdría la pena consagrarse a la enseñanza.
-¿Cómo se entabla tu vinculación con Alberto Cortez?
-En 1993 me llamaron para unas galas en España. Santiago Reyes estaba con Cortez. Allí surgió entonces "Lo Cortez no quita lo Cabral", con Facundo. 
Hicimos una gira por todo el país, desde Misiones hasta Ushuaia. Alberto es un tipo muy querido. 
En cuanto al trabajo, fue distinto que con Serrat. 
Aquí ya había arreglos hechos que yo podía retocar. Y me adapté. 
En estas giras últimas con Alberto tocamos con músicos de aquí. 

De lo que hicimos con Cortez, lo que más me place son los cinco discos de "Canciones desnudas".
-¿Compones?
-Compuse mucho para cine. 
Allí caben muchos estilos. 
Incluso en varios policiales para los que escribí. 
Por esto soy miembro de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. 
Para eso debo pagar mi cuota... 

Llevo 21 películas. Una con José Sacristán. 
Me encanta la preparación de una película, las escenas, el montaje. 
Es un mundo lejos de la música popular, donde hay muchos cholulos. 
Traté de hacer el trabajo lo mejor posible. Creo que los directores españoles no son muy amantes de la música. 
Yo admiro el lenguaje contemporáneo sin llegar a la atonalidad.
Qué te hace feliz como músico?
-Entre otras cosas, el reconocimiento de la gente de mi profesión. 
Me tratan muy bien. Eso es lo mejor.

-¿Cómo asumes la música de América latina?
-Me gustan mucho el tango y el folklore, que han alcanzado una altura increíble, casi como la cubana o la brasileña. 
El tango tiene profundidades de la música clásica. Del folklore, me encanta el Cuchi Leguizamón. 
Para mí fue un honor estrecharle la mano. A él le gustó lo que hago en el piano.
-¿Tocas clásicos?
-Sí. Bach, Beethoven. 

Más que tocar, los leo. Sobre todo, el Clave bien temperado, de Bach, y las sonatas de Beethoven. 
También me interesan Bela Bartok, Ravel, Mahler, Shostakovich, Schoenberg, Messiaen, Penderecki. Las vanguardias me atraen siempre.

René Vargas Vera

domingo, abril 23, 2000

Los amores furtivos de la Casita Blanca.



Los amores furtivos de la Casita Blanca.

En el día de Sant Jordi de 2000 pasaron por sus camas 33 parejas
El libro contable hallado tiene 335 páginas, una por día hasta noviembre del primer bisiesto del siglo XXI

HÉCTOR MARÍN@HMarin8
12/11/2016 04:30

Durante la Nochevieja que dio paso al nuevo milenio, mientras todas las multinacionales del mundo contaban con expertos informáticos preparados para un posible colapso llamado efecto 2000, el meublé (amueblado) más famoso de España hizo su mayor facturación del año: 1.061.100 pesetas (algo más de 6.000 euros de hoy). Una cantidad en la que ya están descontadas las 1.000 pesetas en comisiones para los taxistas por llevar a algunas de las 120 parejas que celebraron el cambio de año en el más legendario de los establecimientos en el que se alquilaban habitaciones por horas para que las parejas tuvieran sexo con todas las garantías de anonimato.

El 23 de abril del 2000, día de Sant Jordi, en el que los enamorados se regalan rosas y libros en Cataluña, la Casita Blanca facturó 282.650 pesetas. De las 33 parejas que aquel día se acostaron en el meublé decano de Barcelona, 24 llegaron en coche, una en moto, cinco en taxi y tres a pie, que entraron por la puerta trasera, la de la calle Bolívar.

Es infrecuente poder tener acceso a un libro de contabilidad de un meublé (la Casita Blanca en este caso), un espacio arraigado a la memoria histórica de Barcelona que ha generado literatura, abundantes leyendas urbanas, dos películas (una de Sílvia Munt; otra de Carles Balagué) y una canción de Joan Manuel Serrat. Atesora uno de estos volúmenes contables el Museu d'Història de Barcelona (Muhba). Es el único que pervive. Y su lectura, comprueba Crónica, es un viaje por el estilo y la conducta de la infidelidad de una Barcelona quizás hoy desaparecida.

Es indudable que a la Casita Blanca, antes de ser expropiada y derribada por el Ayuntamiento en enero de 2011, acudían también parejas estables, ya fuera por cumplir una vieja fantasía o por romper la rutina, pero la mayoría eran amores furtivos: un ejecutivo con su secretaria, la vecina del ático con el del tercero... Un buen meublé es un lugar en el que los infieles no verán ni serán vistos por otros. El término, que puede remitir a algo ilegal y trasnochado propio del siglo XX, es el origen de los actuales hoteles para parejas o Love hotelsen los que se practica sexo extraconyugal.

La condena de Al Capone fue su contable. Por evasión fiscal fue apresado y se supo todo. Ahora son unos viejos documentos de contabilidad los que muestran los secretos más inconfesables del gran nido del amor clandestino de la Ciudad Condal. Las hojas contables de la Casita están anilladas a un carpesano Centauro rojo. El tomo está descolorido. Recoge el tránsito al detalle de amantes durante 11 meses. Es la contabilidad del año 2000 -el último de las pesetas- de enero a noviembre. Tiene 335 páginas. A una por día de un año bisiesto en que faltaba el mes de diciembre. Es la impresión de un programa de contabilidad. La jornada está dividida en turnos de trabajo. En las casillas taxis, Bolívar, motos y coches está anotada con detalle la entrada de los clientes. La administración recoge también las categorías de las habitaciones alquiladas y las consumiciones del bar: la X (por xampany, champán) valía 3.000 pesetas, la W (whisky) salía por 1.200, la R (refrescos y cervezas) costaba 450 y una misteriosa B tenía un precio de 3.500. En la última columna estaba la recaudación. Funcionaba como un reloj suizo.

Barcelona recordará la Casita como un lugar de empleados hieráticos concentrados en proporcionar discreción a la aventura extramatrimonial de una noche. Un espacio donde un juego de cortinas permitía ocultar el coche antes de que un laberinto, con una secuencia de puertas, evitara que las parejas se topasen con nadie en los pasillos o el minúsculo ascensor. Una finca de decoración burguesa y aire señorial en la que los ceniceros llevaban el escudo de la empresa. Un establecimiento pulcro que ofrecía a sus clientes colonia sin olor para evitar que la fragancia pudiera delatarlos en casa. El objetivo era que el visitante tuviera certeza de la intimidad. Tanto confiaba el cliente en el local, que el negocio duró un siglo tras sobrevivir a la Guerra Civil y al franquismo.

Era un negocio que empezó como marisquería con derecho a siesta o lo que se terciara. Mientras en la primera planta se degustaban mejillones a la marinera, las parejas se echaban en las camas de la segunda tras la comilona. El mítico edificio, ya sin marisco, fue construido en 1912. "La revolución tiene el Fossar de les moreres, el artu tuvo y vuelve a tener al Liceu, el amor inconfesable tiene la Casita Blanca", escribió un cronista barcelonés de la época. La frase quedó recogida en la página web del establecimiento, que sigue operativa y redirige a otros meublés y hoteles.

Mediodías y tardes eran las franjas más animadas de lunes a jueves, según el libro. Pero la verdadera euforia se desataba durante las noches del fin de semana. Los viernes y sábados la actividad del juego de tres botones de la mesilla de noche -para pedir algo al camarero, para salir, para solicitar un taxi- se trasladaba de la hora de la comida a la de la cena. Dos turnos se juntaban en uno durante las horas centrales del día en el fin de semana, de poca actividad. El precio de la habitación era, el año 2000, de 4.700 pesetas, menos que en un hotel. Existían cartones promocionales que, una vez sellados varias veces, proporcionaban un descuento de 2.300 pesetas.

La recaudación caía en picado los domingos. Las tardes de futbol no fueron especialmente fuertes para el centenario negocio en sus últimos coletazos. Aunque no siempre fue así: hubo un tiempo en el que un panel informaba de los resultados de la jornada de Liga para que los maridos, al volver a cenar a casa los domingos, pudieran decir a sus mujeres: "¡Ha ganado el Barça con un golazo de Kubala!".

El sábado del clásico Barcelona-Real Madrid del 21 de octubre del 2000, en el que Luis Figo volvió al Camp Nou como rival y se le dio la bienvenida con una cabeza de gorrino, 174 parejas pasaron por la Casita y la caja superó las 721.500 pesetas, incluidas propinas (6.900) y consumiciones (78.750), según averiguó el cronista barcelonés Carles Cols. El libro de contabilidad demuestra que en los meublés conviene llevar las cuentas con pulcritud para evitar problemas con el fisco y daños colaterales: si se publica que Hacienda los investiga, puede que haya clientes que dejen de aparecer por temor a toparse con un inspector. El volumen de la Casita fue localizado por trabajadores del Muhba.

Entraron con linternas en la oscuridad del inmueble, ubicado cerca de la plaza Lesseps, en el distrito de Gràcia. Era el 4 de abril de 2011. Encabezaba la incursión Josep Bracons. Las habitaciones estaban desvencijadas. Faltaban grifos, colchones, pantallas de televisión, piezas que aparecieron después a la venta en el mercado de los Encantes. Lo mejor se lo habían llevado propietarios y trabajadores. Tras atravesar un espacio laberíntico, se encontraron en el sótano el taller de mantenimiento. Prácticamente, una ferretería: "Casillas y etiquetas de todos los recambios posibles para reparar cualquier avería sin tener que llamar al fontanero del barrio y evitar el riesgo de que cotilleara sobre lo visto", relata Bracons. Iban en busca de objetos para la colección de actualidad del museo. Se centraron en los porticones de la finca, iconos de la discreción y estimuladores de la imaginación del transeúnte. Sin suerte. Cuando ya parecía que habían perdido el viaje, ocurrió lo impensable: accedieron a las oficinas de la Casita y, entre sacos de documentos de papel pasados por la trituradora por orden de los dueños, hallaron un libro olvidado de contabilidad.

Poco se conoce de la sociología del cliente del meublé más famoso de Barcelona. Manda la discreción. Se dice que en su mayoría eran de mediana edad y clase media-alta pero lo único que se sabe con certeza es que, tras el fin de la actividad, algunos siguieron acudiendo durante semanas al establecimiento para alquilar una habitación porque ignoraban que el Ayuntamiento lo había cerrado. El solar de aquella finca lo ocupan hoy un parque y un mural, sin honores para un espacio inolvidable.

El volumen del histórico meublé rescatado por el museo supone el fin de una época. En Barcelona, que concentra el mayor número de este tipo de establecimientos en nuestro país, destacan ahora los meublés El Regàs, La Paloma y La França. Pero el hallazgo de las cuentas de La Casita, tras el cierre de El Pedralbes por dificultades económicas, es el epílogo a un tiempo de mitad del siglo pasado en el que eran habituales los atracos a meublés por la sencilla razón de que nadie denunciaba: el bandido sorprendía al hombre en calzoncillos en brazos de su amante.

'Y en sus pasillos extravió unos calzoncillos'

(Letra de la canción de Joan Manuel Serrat)

En ese abrevadero

amable y romántico,

el amor fue amo y señor

y hoy bajo su alero

no anidan más pájaros

que las palomas donde da el sol. /

Quizá le llamaban La Casita Blanca

por tener terraza de sábana inquieta

o quizá porque

el amor furtivo

tiene ojos de amigo

y pluma de poeta

y en sus pasillos

extravió unos calzoncillos. /

Cuidó gentilmente

y por un precio módico

aquel desliz madrugador,

cuando ella con la compra

y usted con el periódico

desayunaban incierto amor

o cuando una boca murmuró al oído

el lenguaje tibio de la ropa blanca. /

Cuando los bolsillos

rebosaban besos.

La Casita Blanca

le proporcionaba

algo discreto

donde encerrar un secreto. /

Un mundo de espejos

a media luz pálida

y un perfume familiar

que se acurrucan contra

la puerta metálica

que ha clausurado la autoridad. /

Los vecinos hablan... Las brujas retozan...

y un par de pichones huye al descampado

y un viejo ex cliente,

pura sensatez,

hace bloques de

pisos amueblados

en un tono rosa. /

Pero aquello era otra cosa.

viernes, agosto 20, 1999

RECUERDOS 1999 RICARDO MIRALLES, ARREGLADOR DEL CANTAUTOR CATALAN DURANTE 20 AÑOS


 RECUERDOS 1999

RICARDO MIRALLES, ARREGLADOR DEL CANTAUTOR CATALAN DURANTE 20 AÑOS

No era sencillo comunicarse con Serrat
Actualmente es el director musical del show Cortezías y Cabralidades. 
Además de prestigioso arreglador, es un gran pianista y compositor. 
Aquí, cuenta por qué dejó de trabajar con Serrat.

20/08/1999 - 0:00 

Para que toda mesa se sostenga, hacen falta tres patas. 
En el caso del espectáculo que protagonizan Alberto Cortéz y Facundo Cabral, el sostén musical lo provee nada menos que Ricardo Miralles. 
Que es pianista, compositor y uno de los mejores arregladores del mundo. 

Así lo demuestran, por dar sólo un ejemplo de su tremendo currículum, sus veinte años y discos con un tal Joan Manuel Serrat, de cuya gloria y sonido fue pieza clave. 
De su relación con Serrat le quedó un prestigio intacto y un cierto sabor amargo.
Fueron veinte años juntos, hasta el 89. 

Desde entonces nos hemos visto muy poco. 
Y mantenemos una relación distante pero cordial. 
Eramos jóvenes. 
Si nos hubiéramos conocido ahora hubiese sido más fácil la relación. 
Me sentí un poco defraudado, porque puse la misma energía y amor que si hubiese sido para mí. 

Pero hubo muy buenas cosas, por encima de discusiones de juventud en que no estoy seguro de haber tenido siempre razón. 
Creo que, cuando yo estaba con él, el trabajo estaba mejor terminado que lo de ahora, que me parece un poquito... plano. 
El mío era un trabajo diferente.
Por qué era diferente?
Por mi estilo. 
Mi manera de trabajar, mi personalidad. 

Me siento orgulloso de que mi estilo se reconozca al escucharlo. 
A lo mejor he escrito más para los músicos que para la gente que compra discos. 
Pero Joan Manuel no tenía tanto interés en lo musical. 
Nunca fue muy demostrativo: si no se quejaba es que estaba todo bien.
No siempre se comprende el rol y el aporte que pueden hacer algunos arregladores.

Si hay un país latino que sabe qué es un arreglador, es Argentina. 
En España no está tan claro. 
Allí se confunde con productor. 
Y han desaparecido los arreglos desde que los teclados y las PC están en manos de cualquiera. 
Hay poca exigencia. 
Se hacen canciones con tres tonos y arreglos para la hermana. 
Antes alguien tenía que crear un acompañamiento. 

Un servicio artesanal para que la gente cante encima, bien o mal. 
Antes lo hacían músicos. 
Y ahora, cualquiera con una computadora.
Desde que los caminos de Serrat y Miralles se bifurcaron, nada volvió a sonar igual para el poeta catalán. 

Pero Miralles -55 años, un matrimonio con una profesora de filología inglesa y tres hijos- sigue siempre adelante sin mirar atrás

.¿Cómo hacés para arreglar un tema?
En general me lo pasan en un casete.
Entonces lo oigo, lo desgrabo y me siento al piano a tocar sobre el tema. 
Luego agarro papel. 
Quizás escriba una introducción, y tiro para adelante: armo una parte de piano, apunto los contracantos y la armonía, y finalmente orquesto según el tipo de canción, su estética y su texto.

No debe ser fácil estar trabajando para alguien que no aprecia o sintoniza tu arte...
Bueno, cuando ves que la canción dio para hacer volar el rollo melódico, y que la voz no entra en su sitio, que no le da y... te hace mal.
Hablando de arregladores, Miralles evoca al Peter Rugolo de Stan Kenton, al Michel Legrand de la primera época, a Gil Evans, Don Sebesky y algún otro.
Chico Buarque me parece el cantautor más grande de toda la historia de la canción. También me gustan mucho Jaques Brel, Gilbert Becaud o George Brassens

.¿Qué es finalmente un arreglador?

Un arreglista es un músico que en lugar de escribir obras, escribe arreglos. 
No hay que hacer nada raro, y ponerse al servicio de la canción. 
Se puede ser novedoso pero no extraño. 
En los 70 había mucho trabajo para arregladores, tanto que había individuos que decían que sí a cuatro discos a la vez, y así no puedes cumplir con nada. 
A veces veo arreglos que ni sacan la melodía, ponen los acordes del compositor y el título en letra gótica. 
No es justo ni honrado que eso se cobre como arreglo

.¿No querés hacer algún disco solo?

Cuando se hacen cosas para lo demás, si ponés mucho, también estás haciendo tu música. 
No siento la necesidad de proyectarme en ese sentido. 
Pero si sale un encargo, se hace. han salido y hecho, como sus obras para piano, cuartetos o las Tres piezas para grupo de cámara, estrenada en Londres en 1994. 
Pero no puedes escribir pensando en la posteridad mientras te espera la familia, desliza. 
También escribió música para más de veinte películas, y es miembro de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España.

La primera vez que vine a la Argentina fue en el 69. 
Escuché a Piazzolla en el Regina. Quedé impresionado. Y lo mismo con Salgán. 
Mi padre tenía una orquesta: al final de una fiesta de pueblo, los músicos tocaban tres o cuatro tangos, con batería y todo. 
Pero hasta que no vine aquí no sabía qué tenía esa música de viveza
.¿Y qué pensás de músicos clásicos como Daniel Barenboim haciendo tango?
Es un acercamiento a lo popular que me enternece. 
Significa que quiere la música de su país y le reconoce su valía que, vamos, ha demostrado gente como Salgán o Piazzolla.

En fin, difícil la posición del arreglador.
Por ejemplo, Joan Manuel sabía lo que quería pero no la manera de transmitirlo. 
Era muy difícil la comunicación. 
Pero tengo que agradecerle que en contra de las casas de discos defendió mucho mi trabajo. 
Porque cuando las cosas no van muy bien, el artista nunca tiene la culpa, sino los de atrás. En un momento lo mío parecía estorbar. 

Pude haberme quedado, pero para ir por el mundo trabajando tengo que hacer mi música. 
Me di el gusto de irme antes que seguir cobrando por no hacer lo mismo. 
Pero me sentía mal en el escenario tocando ciertas cosas, con sequencer y esas mierdas, como apretar un botón al marcar cuatro. 
Me fui, y ahora estoy encantado. 
Pero no suelo escuchar mis discos. 
Coño, a veces me averguenzo. Pero otras me digo: esto no está tan mal.

ElClarin

RECUERDOS 1999 RICARDO MIRALLES, ARREGLADOR DEL CANTAUTOR CATALAN DURANTE 20 AÑOS


 RECUERDOS 1999

RICARDO MIRALLES, ARREGLADOR DEL CANTAUTOR CATALAN DURANTE 20 AÑOS

No era sencillo comunicarse con Serrat
Actualmente es el director musical del show Cortezías y Cabralidades. 
Además de prestigioso arreglador, es un gran pianista y compositor. 
Aquí, cuenta por qué dejó de trabajar con Serrat.

20/08/1999 - 0:00 

Para que toda mesa se sostenga, hacen falta tres patas. 
En el caso del espectáculo que protagonizan Alberto Cortéz y Facundo Cabral, el sostén musical lo provee nada menos que Ricardo Miralles. 
Que es pianista, compositor y uno de los mejores arregladores del mundo. 

Así lo demuestran, por dar sólo un ejemplo de su tremendo currículum, sus veinte años y discos con un tal Joan Manuel Serrat, de cuya gloria y sonido fue pieza clave. 
De su relación con Serrat le quedó un prestigio intacto y un cierto sabor amargo.
Fueron veinte años juntos, hasta el 89. 

Desde entonces nos hemos visto muy poco. 
Y mantenemos una relación distante pero cordial. 
Eramos jóvenes. 
Si nos hubiéramos conocido ahora hubiese sido más fácil la relación. 
Me sentí un poco defraudado, porque puse la misma energía y amor que si hubiese sido para mí. 

Pero hubo muy buenas cosas, por encima de discusiones de juventud en que no estoy seguro de haber tenido siempre razón. 
Creo que, cuando yo estaba con él, el trabajo estaba mejor terminado que lo de ahora, que me parece un poquito... plano. 
El mío era un trabajo diferente.
Por qué era diferente?
Por mi estilo. 
Mi manera de trabajar, mi personalidad. 

Me siento orgulloso de que mi estilo se reconozca al escucharlo. 
A lo mejor he escrito más para los músicos que para la gente que compra discos. 
Pero Joan Manuel no tenía tanto interés en lo musical. 
Nunca fue muy demostrativo: si no se quejaba es que estaba todo bien.
No siempre se comprende el rol y el aporte que pueden hacer algunos arregladores.

Si hay un país latino que sabe qué es un arreglador, es Argentina. 
En España no está tan claro. 
Allí se confunde con productor. 
Y han desaparecido los arreglos desde que los teclados y las PC están en manos de cualquiera. 
Hay poca exigencia. 
Se hacen canciones con tres tonos y arreglos para la hermana. 
Antes alguien tenía que crear un acompañamiento. 

Un servicio artesanal para que la gente cante encima, bien o mal. 
Antes lo hacían músicos. 
Y ahora, cualquiera con una computadora.
Desde que los caminos de Serrat y Miralles se bifurcaron, nada volvió a sonar igual para el poeta catalán. 

Pero Miralles -55 años, un matrimonio con una profesora de filología inglesa y tres hijos- sigue siempre adelante sin mirar atrás

.¿Cómo hacés para arreglar un tema?
En general me lo pasan en un casete.
Entonces lo oigo, lo desgrabo y me siento al piano a tocar sobre el tema. 
Luego agarro papel. 
Quizás escriba una introducción, y tiro para adelante: armo una parte de piano, apunto los contracantos y la armonía, y finalmente orquesto según el tipo de canción, su estética y su texto.

No debe ser fácil estar trabajando para alguien que no aprecia o sintoniza tu arte...
Bueno, cuando ves que la canción dio para hacer volar el rollo melódico, y que la voz no entra en su sitio, que no le da y... te hace mal.
Hablando de arregladores, Miralles evoca al Peter Rugolo de Stan Kenton, al Michel Legrand de la primera época, a Gil Evans, Don Sebesky y algún otro.
Chico Buarque me parece el cantautor más grande de toda la historia de la canción. También me gustan mucho Jaques Brel, Gilbert Becaud o George Brassens

.¿Qué es finalmente un arreglador?

Un arreglista es un músico que en lugar de escribir obras, escribe arreglos. 
No hay que hacer nada raro, y ponerse al servicio de la canción. 
Se puede ser novedoso pero no extraño. 
En los 70 había mucho trabajo para arregladores, tanto que había individuos que decían que sí a cuatro discos a la vez, y así no puedes cumplir con nada. 
A veces veo arreglos que ni sacan la melodía, ponen los acordes del compositor y el título en letra gótica. 
No es justo ni honrado que eso se cobre como arreglo

.¿No querés hacer algún disco solo?

Cuando se hacen cosas para lo demás, si ponés mucho, también estás haciendo tu música. 
No siento la necesidad de proyectarme en ese sentido. 
Pero si sale un encargo, se hace. han salido y hecho, como sus obras para piano, cuartetos o las Tres piezas para grupo de cámara, estrenada en Londres en 1994. 
Pero no puedes escribir pensando en la posteridad mientras te espera la familia, desliza. 
También escribió música para más de veinte películas, y es miembro de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España.

La primera vez que vine a la Argentina fue en el 69. 
Escuché a Piazzolla en el Regina. Quedé impresionado. Y lo mismo con Salgán. 
Mi padre tenía una orquesta: al final de una fiesta de pueblo, los músicos tocaban tres o cuatro tangos, con batería y todo. 
Pero hasta que no vine aquí no sabía qué tenía esa música de viveza
.¿Y qué pensás de músicos clásicos como Daniel Barenboim haciendo tango?
Es un acercamiento a lo popular que me enternece. 
Significa que quiere la música de su país y le reconoce su valía que, vamos, ha demostrado gente como Salgán o Piazzolla.

En fin, difícil la posición del arreglador.
Por ejemplo, Joan Manuel sabía lo que quería pero no la manera de transmitirlo. 
Era muy difícil la comunicación. 
Pero tengo que agradecerle que en contra de las casas de discos defendió mucho mi trabajo. 
Porque cuando las cosas no van muy bien, el artista nunca tiene la culpa, sino los de atrás. En un momento lo mío parecía estorbar. 

Pude haberme quedado, pero para ir por el mundo trabajando tengo que hacer mi música. 
Me di el gusto de irme antes que seguir cobrando por no hacer lo mismo. 
Pero me sentía mal en el escenario tocando ciertas cosas, con sequencer y esas mierdas, como apretar un botón al marcar cuatro. 
Me fui, y ahora estoy encantado. 
Pero no suelo escuchar mis discos. 
Coño, a veces me averguenzo. Pero otras me digo: esto no está tan mal.

ElClarin