martes, febrero 16, 2021

Margarit, la vida sin maquillajes ni subterfugios


 Margarit, la vida sin maquillajes ni subterfugios

Bares y cafeterías fueron el despacho preferido de un poeta con una proyección nacional e internacional como hacía tiempo que no se producía

Àlex Susanna
Escritor.

Foto Joan Margarit, en 2015. /JOAN CORTADELLAS

16 de febrero del 2021

Con Joan Margarit desaparece uno de los poetas europeos con mayor capacidad de conexión con el gran público o, mejor dicho, con el lector corriente, si creemos -como dice Francisco Brines- que los poetas no tienen público sino lectores. Desde un principio, su obra poética se propuso diseccionar la propia vida moral sin maquillajes ni subterfugios, de manera tan implacable y precisa como fuera posible, y esto se tradujo en una poesía que, lejos de cebarse en ninguna visión poética a priori de la vida, partía de la vida misma con todos sus claroscuros y devenía poética a posteriori. Una poesía hecha pues con la prosa de la vida: a menudo dura, dolorosa, cruenta, pero con relámpagos impagables de placer, consuelo o plenitud. 

Una poesía que se erige en la mejor crítica de la vida posible, con todas sus fortalezas y debilidades, a menudo inextricablemente ligadas. Una poesía figurativa y habitada, donde resuena -¡y de qué manera! - la vida moral de cualquiera de nosotros. Esto le hizo grande y lo convirtió en un poeta de una proyección nacional e internacional como hacía tiempo que no se producía.

Con Joan Margarit hemos compartido una larga amistad con sus altibajos inevitables, pero siempre supimos que podíamos contar el uno con el otro. Fui durante diez años su editor -'Edat roja', 'Aiguaforts' y 'Els motius del llop', ¡qué gran trilogía! -, hicimos juntos innumerables lecturas por Cataluña y viajamos por innumerables países, desde Portugal hasta Turquía o Francia. En todas partes le vi provisto de una curiosidad voraz, un humor cáustico y una capacidad de afecto inagotable, pero si tuviera que quedarme con una imagen que le retrate como ninguna otra no dudo en imaginarlo escribiendo en bares y cafeterías, su despacho preferido, allí donde escribió algunos de sus mejores poemas. 

Margarit salió cada día a cazar algún poema: no se podía aguantar, y eso lo convirtió en un poeta muy prolífico, quizás demasiado. No importa, es el autor de algunos de los mejores poemas que se han escrito estos últimos treinta años en cualquier lengua y eso basta para situarlo en lo más alto.

¡Que la tierra te sea leve, Joan!

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