lunes, agosto 08, 1988

1988. Serrat también sabe de fútbol




Con Antoni Ramallets, legendario arquero del Barcelona, antes de un partido de veteranos.

Es sábado a la noche y falta menos de una hora para que Joan Manuel comience un nuevo recital en el Grand Rex. Así nos recibió en su camarín. Dos camisetas—la del Barcelona, su club de siempre; la de Boca, su club acá—ambientaron la charla



1988. Serrat también sabe de fútbolPor Redacción EG · 08 de agosto de 2018


En una gira por el país en el '88 Joan Manuel Serrat atiende a El Gráfico justo antes de subir al escenario, y se apasionó hablando de Boca, River, Maradona, Menotti , Bilardo y, por supuesto, del Barcelona.

Son las 20,30 de este sábado carnavalesco en el hall del Grand Rex. Exactamente un minuto después se nos presenta Claudio Gelemur —socio de Chiche Aizemberg, productores responsables de la gira del cantante—con una cartera de cuero negro. Adentro tiene un videocasete con la grabación del último partido de Boca en Mar del Plata, cuando el jueves 11 le ganó al América de Cali 1-0. Ese es el medio que utiliza Joan Manuel Serrat para seguir a su equipo en las pocas horas de descanso que le deja esta extensa gira. El rito se cumplirá en la habitación 1505 del hotel Panamericano donde se hospeda. Por ahora basta como presentación.

— ¿Qué te parece el Boca de Pastoriza, Joan? —Y... qué quiere que le diga, sólo lo vi en vídeo. Yo pienso que tiene grandes dificultades para armar juego. Tiene hombres muy valientes atrás, como por ejemplo Hrabina o Abramovich; el muchacho Carrizo es un gran cinco y Comas, un wing extraordinario. Lo que ocurre es que Comas no la tiene demasiado fácil para jugar, ¿no? No quiero entrar en una crítica de gente que no es mi espacio Pero, la verdad... no me divierto tanto con este Boca.

—Ajá... —Bueno... además vi a Independiente el otro día con Cruzeiro, y también lo vi al pobre Bocha jugar muy solo. Quizás porque Independiente tiene cuatro o cinco hombres fundamentales lesionados, pero vamos. ..

—Y a River... ¿lo has visto a River? —Sí, sí, lo vi. Pienso que el equipo no está demasiado motivado. Me recuerda a estos clubes que quieren echar al técnico. Tengo la sensación de que ese grupo no se encuentra cómodo con el entrenador. Uno no puede evidentemente argumentar esto, y lo digo con honradez. Creo que cuando esto sucede, no se produce conscientemente. Los jugadores no se sientan allí y dicen: "Vamos a embromarlo". Porque todo tipo que sale a la cancha, sale a hacer lo mejor que sabe y a dar lo mejor que tiene. Esto siempre lo he tenido muy claro: después de la pelota, lo más honesto que hay en el fútbol son los jugadores. No creo que ellos tengan una actitud consciente de ir a boicotear a Griguol. Pero parece que algo no anda armónicamente en River.


Bastaba como presentación, ¿no? Como un argentino más, en cualquier pizzería o bar. Vino, cerveza o café mediante. Hablando apasionadamente sobre la actualidad futbolística. Aunque la geografía de esta charla corresponda al estrecho camarín del Grand Rex, donde apenas caben un sillón para dos personas, una mesa ratona con sandwiches de miga, una botellita de Coca Cola, otra de agua mineral, y él. Que alguna vez se autorretrató así en "A quien corresponda": "Un servidor, Joan Manuel Serrat/casado, mayor de edad, vecino de Camprodon, Girona/Hijo de Ángeles y de Josep/de profesión cantautor, natural de Barcelona...”

—Joan, cada vez que se habla del Barcelona, también se habla del club más poderoso del mundo. Algo que está demostrado con títulos y con compras siempre multimillonarias. Vos como hincha, entonces, ¿cómo explicarías esta mala campaña, en la mitad de la tabla por la Liga? —Es cierto que el Barcelona es un club muy poderoso, pero no es un club de ricos, esto sería muy interesante aclararlo. Es un club de mucha gente pobre. Los ricos normalmente no entran al fútbol para servir, sino para servirse. Y eso es lo que nos está pasando hoy: tenemos un gran patrimonio, tenemos socios fieles, pero lo que no tenemos en estos momentos es una directiva de nivel. La directiva es realmente lamentable. El personalismo del presidente, el señor Núñez, es dictatorial. Llegan grandes jugadores al equipo, por grandes inversiones económicas —grandes inversiones que no financia el señor Núñez, que financian los cien mil socios que pagan mensualmente—, y este señor juega con total descaro con ese patrimonio. Y claro. . . cuando uno ve que del Barcelona han echado a hombres como Neeskens, coro Krankl, como Sotil, como Maradona, en fin... como a Schuster en estos momentos, que estuvo un año. . i¿Qué club, qué dirigente puede mantener un año parado a un jugador como Schuster, solamente porque no se lleva bien con él?! Esta es la situación del Barcalona. Y así un día veremos lo que nadie podría imaginarse: un estadio enorme como el Nou Camp vacío. Y al señor Núñez sentado en el cemento, solo con sus mantenidos de turno...

— ¿A qué te referís concretamente? —El señor Núñez ha jugado con o ríos factores. Uno ha sido financiar e gran cantidad del periodismo deportivo, que evidentemente come muy ben y muy ricamente a expensas de le masa social del Barcelona.

—Joan, la pregunta es obvia, entonces. Porque se vienen escuchando críticas a Núñez desde hace tiempo, ¿Cómo es que sigue en el poder? —Mire usted, es muy fácil. Porque le forma de elegir presidente en mi club no es democrática sino por compromisarios. O sea, cada socio no es un voto, sino que hay señores que reúnen determinada cantidad de votos, y esto permite todo tipo de maniobras y mangoneos. Aparte, está la presión que ejerce el periodismo sobre los jugadores y el cuerpo técnico. Le diré más, hasta hace poco, el vicepresidente del club disponía del paquete mayoritario de uno de los dos periódicos deportivos de Barcelona —"Sport"—, lo cual ya es bastante sospechoso, ¿no? Por eso alguna vez dije en broma que cuando gana el Barcelona, estoy con tentó porque gana, y cuando pierde me alegro porque pierde Núñez. Así por lo menos lo abrumamos, a ver si se va de una vez este hombre. No es casual que con Neeskens, pese a que la gente pedía, haya tenido problemas hasta echarlo; que con Maradona, como era un ídolo, este señor haya puesto historias en boca de Diego para enfrentarlo a la masa social. Y lo mismo ha ocurrido con Schuster hace poco...

-Te habrás enterado de la oferta de tres millones de dólares del Barcelona para que Bilardo sea el técnico. ¿Te gustaría? -El mal o buen rendimiento del Barcelona no pasa por el cuadro técnico ni por los jugadores. Estos están en una situación de falta de moral por la actitud de la directiva, que nunca les otorga respaldo. Al contrario, en cuanto no se gana, los directivos son capaces de echar a Dios y a su padre con tal de salvar su pellejo. Y ésta no es manera le hacer una entidad.

–Está bien, pero más allá de eso, ¿viste a la Selección de Bilardo en México? ¿Te gustaría ese estilo futbolístico en el Barcelona? -Lo que a mí me gustaría es que volviera Maradona. Porque yo en el Mundial, discúlpeme usted, lo que yo vi fue a Maradona, fundamentalmente. También vi a Burruchaga, a Giusti, a Pumpido y a Brown. Pero, sobre todo, y discúlpeme que se lo repita, vi a un jugador que es un superclase y que se llama Maradona. A él sí me gustaría tenerlo otra vez en el Barcelona. Y lamento que se haya tenido que ir porque me gusta el fútbol.

-A propósito, Joan. En la primera nota que te hicimos en EL GRAFICO, hace un par de años...-Sí, la recuerdo. Fue en el camarín el Luna Park. Por lo menos aquello tenía más clima deportivo, había una camilla, 
-Bueno, por eso traje camisetas, para ambientar un poco. Pero, te decía., en aquella oportunidad —todavía no se había jugado el Mundial de México- no te decidías por Platiní o Maradona. -No. no, la verdad es que yo siempre me he quedado con Maradona, ¿eh? Lo que ocurre es que Platiní ha tenido dos o tres temporadas estupendas que seguí de cerca. Pero evidentemente Maradona es un jugador que pasara a la historia como Pelé; un jugador que ha resuelto, él solito, historias.

—Y si la comparación la hacemos entre Diego y Cruyff. Vos los viste a los dos en tu club. —Yo me quedaría con los dos. Son tan buenos y tan listos los dos que podrían jugar juntos en el mismo equipo.

—Pero si sólo te dan uno, uno solo. —Pues es bien difícil decidir... Dependería del estado físico de cada uno. Yo creo que Cruyff jugó con un mejor cuadro que el que tenía Maradona; el de la época de Johan era un equipo mucho más compacto que el de la época de Diego.

— ¿Y de los otros extranjeros—Lineker, Schuster, Neeskens, entre otros—, con quién te quedas? —Con Schuster, con Schuster, sin dudas. Ese la pone como con la mano, ¿eh? Es una maravilla. Y eso que sólo tiene una pata.

-Cómo y cuándo fue exactamente tu experiencia como periodista deportivo.—Fue en el Tour de Francia del '84. Yo soy un gran aficionado al ciclismo, sigo anualmente una o dos carreras. Así que un año pensé que la mejor forma de seguir la vuelta era como periodista. Trabajé para la cadena radial Ser —una de las más importantes de España—; además escribía una nota diaria para "El Periódico" y enviaba entrevistas para el "As" de Madrid. Demasiado laburo. Lo volvería a hacer, pero sólo por radio. Era terrible ver cómo se acercaban las siete y media de la tarde, hora en que cerraba el télex, y sólo tenía cuatro líneas escritas. Y tú eso lo debes saber, ¿eh? Ese momento en el que la presión del cierre te hace correr un sudor helado por el cuerpo.

—Conozco esa sensación, sí... Volviendo al fútbol, Joan. ¿Por qué elegiste a Boca? —Bueno, esto ya lo he contado muchas veces. Yo llegué acá en el '69, cuando Boca Juniors tenía un equipo realmente envidiable, que no ha vuelto a repetir desde entonces. Era aquel que alineaba con Sánchez; Suñé, Marzolini, Rogel y el Negro Meléndez; en el mediocampo estaban Medina y Madurga; tenía a Ponce y Peña como wines, estaba Rojitas también... En fin, era un equipo.

—Pucha, un poco desordenado pero todavía lo recordás. ¿Tanto te llegó? —Si, es un cuadro que los hinchas de Boca recordamos perfectamente. Los hinchas que tenemos más de 30 años, claro... Además, estaba Alfredo Di Stéfano como entrenador, y como yo soy amigo de él, eso también me unió al equipo. Y por la Boca. . Toda esa zona del puerto, Dock Sud, todo aquello es una zona que se parece mucho a mi barrio en cierto aspecto. Yo diría que se parece a lo que era mi barrio.

—Cuando decís tu barrio, te referís… —A Pueblo Seco, donde yo me crié. El único barrio que uno tiene es donde uno se cría. Después podrá vivir en otros sitios, pero el barrio es donde uno se cría. Pues toda esa serie de factores y de coincidencias hicieron que fuera más a la cancha de Boca que a ninguna otra. Ahí empezó la relación. Cuando uno participa de un país, y del deporte de ese país, pues entonces hace su elección. Así puedo ver al fútbol con ese poco de pasión que siempre hace falta.

—Apartándonos de aquel Boca, ¿qué otro equipo boquense recordás? —Yo creo que el Boca de Lorenzo que salió campeón en el '76 —el que después ganó la Libertadores y la Intercontinental—, quizás sea ése el cuadro que puede estar a un gran nivel, pero, ¡vamos, sin duda alguna no jugaba como lo hacía aquel otro Boca Juniors! Aquellos marcadores de punta que iban al frente; ver atrás a un full-back como Rogel y a un hombre como el Negro Meléndez, esto ya no se ve...



—Te noto muy informado, al mismo nivel que cualquier argentino. ¿Cómo hacés cuando estás en España? —Sigo a este país a través del "Clarín" y de EL GRAFICO. Recibo regularmente los dos. No, perdón, EL GRAFICO lo voy a comprar yo, el "Clarín" llega a mi casa.

-Es sabida tu relación amistosa con Menotti. ¿En qué se cimenta? —Yo lo conocí al Flaco cuando ya había salido campeón mundial con Argentina. Pero nuestra relación se profundizó cuando él viajo a Barcelona con la Selección para el Mundial '82. Siempre me había interesado su manera de trabajar y, sobre todo, su forma de hablar de fútbol como un hecho creativo, lúdico, divertido. Mira, para que lo entiendas mejor: cuando yo voy al fútbol, intento divertirme, pasarla bien, como cuando me monto en el escenario. Sé que es fundamental el hecho de que yo quiera pasarlo bien, que no interprete estas dos horas como una dependencia de los demás, algo de lo que quiero librarme... Oye, ¿qué hora es?

—Diez menos cuarto.—Enseguida tengo que subir. Vamos terminando, ¿eh? Te decía, cuando voy al fútbol me gusta ver jugar, que se juegue y se deje jugar. No veo al fútbol como un deporte donde hay que ganar sea como sea, es algo mucho más humano, mucho más divertido.

—Y eso lo encontraste en el fútbol de Menotti.—No siempre, pero por lo menos ésa siempre fue su idea. Que salga o no, es otra cosa. Por eso los aficionados del Barcelona sentimos mucho respeto por él. Quizás al Flaco le faltó una temporada más para poder rematar con toda la brillantez que hubiera querido...

—La última. Justamente Menotti tiró por primera vez el nombre de Butragueño como la gran aparición del fútbol español. ¿A quién más podés nombrar? —Bueno, Butragueño no es sólo es número uno en España sino en el fútbol mundial. El Real Madrid en estos momentos es un cuadro compacto, con muy buenos jugadores de la cantera. Sanchís es un jugador realmente hermoso, y además están Martín Vázquez. Michel, Butragueño y Solana En fin, un equipo tremendo, y si encima le al des a Hugo Sánchez, imagínate. Tanto que a Valdano le va a costar mucha poder entrar después de esta enfermedad que ha teniD@do. Aaah, también apunta a Valdano entre las individualidades que me gustaron de Argentina en el Mundial. Ojo, a los demás muchachos los respeto. Pero tú me preguntaste por un modelo de fútbol, y lo único que yo vi fueron individualidades. Á lo mejor el modelo de fútbol fue éste, pero eso, claro, yo no lo sé.

Eran las diez menos cinco cuando nos despedimos. Se tenía que vestir porque a las diez se reencontraría con su público. Claudio Gelemur me decía que todavía le falta cantar en La Plata Mar del Plata y Montevideo, para cerrar con un recital bien popular en Vélez; cuando de pronto abrió le puerta de su camarín mientras aún se acomodaba la camisa verde agua adentro del pantalón blanco con rayas azules:

-Oye, ¿qué sabes de Menotti, lo echan del Atlético? —preguntó.-Se dice que no le renovarían el contrato. Y también se comenta que podría venir a River.

— ¡No, no nos puede hacer esto a los de Boca! Yo le voy a hablar. Y hazme un favor, dejame la camiseta de Boca para mi hija, la del Barca ya la tengo.

La dejó en su camarín y fue hacia el escenario. Y aunque su autorretrato diga lo contrario, aunque hace 44 años que nació en Barcelona, cabe pensar que Serrat es argentino. Desde 1969 es argentino...

CESAR LITVAK Fotos: LUIS MICOU (1988)


miércoles, noviembre 14, 1984

1984 La cabalgata Serrat



La cabalgata Serrat
nov.1984

10 días, 7 estadios y 140 mil personas.
De aquel catalán que allá por 1969 llegó a la Argentina por primera vez, y cuyo nombre para unos pocos sabía a hierba y para la gran mayoría a nada, a éste que hoy juega al truco, toma mate y habla de escolaso en sus canciones, hay tanta diferencia como la que hay entre aquel breve y tímido show en los Sábados Circulares de Mancera y sus hoy fastuosos recitales de estadios desbordantes.
Golpe a golpe y verso a verso, en estos quince años la figura de Joan Manuel Serrat se fue apropiando de los argentinos, y los argentinos de su figura. Y ya nadie sabe cómo ni cuándo fue que empezó, pero lo cierto es que hay un fenómeno Serrat que, poco a poco, deja de ser fenómeno para convertirse en un hábito. Un hábito más como el truco, el mate y el escolaso.

En junio de 1983 Joan Manuel Serrat volvía a la Argentina después de ocho años desde su última presentación en Buenos Aires, allá por 1975. Y fue entonces cuando, tanto él como los argentinos, vieron hasta qué punto había crecido el fenómeno Serrat. Volvía para hacer cuatro recitales en el teatro Gran Rex, pero no bastaron y entonces se organizaron tres Luna Park, que tampoco fueron suficientes como tampoco lo fueron los tres Luna Park que se sumaron a los tres primeros y que, aún así, hizo falta un Vélez Sarsfield en donde, la multitud que unos días antes había agotado las entradas se quedó sin entrar porque una lluvia inoportuna les negó el show y los obligó a esperar más de un año. Pero el fenómeno Serrat era ya indiscutible: su long play, En tránsito, llevaba vendidos 120.000 placas y Cada loco con su tema, iba en camino a sus primeros 60.000 discos. La lluvia había podido con el show, pero no con el mito.
Su público esperó y, un poco más de un año después, en octubre de 1984, Serrat estaba de vuelta en la Argentina. Partiendo de un recital en la cancha de Estudiantes de La Plata (13.000 personas) el catalán empezaba un periplo que seguiría con cuatro Luna Park (46.000) Rosario (11.000), Córdoba (9.000), Tucumán (7.000), Salta (6.000) y todavía faltan Mendoza, Río Cuarto, Mar del Plata, Bahía Blanca, Neuquén, y dos Vélez Sarsfield el 17 y 18 de noviembre, uno de los cuales ya agotó sus 25.000 localidades.
¿Pero quién es este catalán de 40 años, natural de Barcelona, que llena estadios criollos de criollos que aplauden y criollas que suspiran? Eso es lo que SOMOS trató de averiguar durante los cuatro días que convivió con él en su paso por Córdoba y Tucumán, paseando con él por Carlos Paz y El Cadillal, compartiendo su camarín, sus amigos, su mesa, su vino, su buen humor y sus malas lunas.

Serrat y la política
Porque éste, así como el fútbol, es uno de sus temas preferidos. Gran lector de diarios, no rechaza el tema ni escatima opiniones que son "mi punto de vista, nada más que mi punto de vista'', aclara siempre. Y cuando de la Argentina se trata, se entusiasma más que nunca: "Si cuando volví me hubiesen dicho que esto se parecía a la época del posfranquismo en España, hubiese dicho que no, que no tenía nada que ver. Pero a medida que pasan los días, que voy viendo, oyendo y caminando, me parece que sí, que puede ser. A pesar de que lo que ocurrió en España, durante 40 años no es lo mismo que pasó acá, también acá aparece esa ilusión extraña que hay cuando se empieza a salir del agujero, esa esperanza rápida, como lo es también la desesperanza. Pareciera una facilidad grande a quedarse prendado de alguna cosa y una gran facilidad para desilusionarse sin siquiera haberse tomado el tiempo para posesionarse de aquellas cosas con las cuales uno se ilusionó. Una época donde hay mucha duda y mucha contradicción, a nivel político y de la calle, y por eso uno se encuentra con alianzas políticas absolutamente kafkianas, ¿no? Claro que también se nota que hay una situación muy emotiva en la que la gente tiene muchas ganas de enfrentar el futuro, y entonces se ve una Argentina que trata de olvidar su pasado, de taparlo, de perder la memoria. Pero hay otra Argentina muy grande a reconstruir, y no sólo en el plano económico. Por otra parte, parece que la gente se replegó un poco, que perdió un poco la confianza. A lo mejor Alfonsín salió con poco tiempo de unas elecciones internas muy duras y no pudo prepararse del todo para las elecciones generales, y tal vez eso le pesa un poco hoy en su manejo de la política nacional, porque sus movimientos están condicionados al movimiento de los demás. Pero, claro, es un punto de vista, mi punto de vista". L

Serrat, el jefe
Este es otro Serrat, el que trabaja abajo del escenario, que controla el sonido, las luces, que da órdenes sin que nadie se dé cuenta, porque maneja la seducción y no la autoridad, camina entre su gente, se acuerda de que a aquél, ayer, le dolía una muela y pregunta por esa muela o por la mujer de aquel otro.
Pero a ese Serrat lo cuentan, mejor que nadie, quienes lo llaman el jefe, como su secretario, Claudio Gelemur: "Es un tipo diferente —dice—, el Serrat que come conmigo, que habla conmigo, que juega al fútbol conmigo yo lo veo chico, lo veo chueco, con los hombros caídos, y en cambio el que sube al escenario lo veo atlético, grande, intocable, yo siento que no lo puedo tocar, me da temor hablar. A ese Serrat le tengo miedo. En cambio cuando baja del escenario es Juan, con el que se puede hablar, contarle chistes, reírme con él. Como jefe es muy profesional, es una estrella, sí, pero como ha pasado por todas, como conoce el trabajo de todos los que están alrededor de él, comprende bien, con alguna que otra bronca, pero muy humano. Claro, a lo mejor grita, y grita con bronca, pero en seguida pide disculpas, porque sabe de su carácter fuerte. Hay gente que tiene poder, y él es un hombre con poder, y como tal sabe manejar a la gente sin necesidad de mandonearla, y se da cuenta en qué momento tiene que levantar la voz, pero siempre con calidad''.
Chiche Aisemberg, su manager en la Argentina, dice que "Juan es un fuera de serie, yo no puedo hablar de él porque lo quiero, porque soy su amigo. Es un tipo muy porteño, muy gamba, porque no te puedo decir que es pierna, porque es gamba. Aun cuando se enoja, es el tipo que te ve preocupado por algo y se acerca y te dice: 'No te preocupes, ya se va a arreglar', y si no se arregla no pasa nada. Y claro, se enoja con las estupideces, con las pequeñas cosas y no con las grandes, supongo que para no hacerte sentir mal a vos, entonces estalla por las pequeñas cosas, pero claro, yo no te puedo hablar de él porque para mí es un amigo querido y todo lo que te diga de él está cargado de subjetividad''.
Y otro que comparte trabajo y escenario con él es Ricardo Miralles, su arreglador musical. Porque siempre hay un día, allá en Barcelona, en que Serrat llama a Miralles y le informa que hay una canción nueva y que hay que trabajar. "Entonces yo —cuenta Miralles— la escucho durante algunos días, y nos encerramos juntos durante el tiempo que sea necesario y vamos viendo. Ahora ya no nos peleamos más, pero hace unos años discutíamos bastante, cuando éramos más jóvenes. Claro que yo con él trabajo muy tranquilo y nos respetamos mucho, porque además él nunca hace una canción que no me guste, y a él suele pasarle lo mismo con mis arreglos."

Serrat, el artista
Este es el que confiesa que no hace canciones sino que se las saca de encima: "Cuando termino una canción me siento liberado. No cuando la termino sino cuando la doy por terminada, porque hago lo que puedo, lo poco que sé, y me manejo con la idea de lo que no puedo hacer, y entonces la doy por terminada, porque algún día la tengo que cantar". Es el Serrat que empieza garabateando sus temas en cualquier papel y que los termina a máquina ''con dos dedos, porque no sé escribir a máquina pero la necesito, porque más de una vez, cuando escribo a mano, no me entiendo la letra".
Y entonces, un buen día, el artista debe subir al escenario. La hora del recital se acerca, su camarín tiene la puerta abierta y la gente va y viene, le habla, le cuenta chistes y él los festeja mientras fuma o toma wisky, esperando la hora de salir al ruedo. Falta menos de media hora y busca su guitarra y, como pasó en el vestuario del Chateau Carreras, empieza a recordar 'Pobre gallo bataraz' aquella milonga de Gardel, pero entonces recuerda un chiste y lo cuenta, y esta vez es un chiste de gallegos. Alguien dejó un mate y un termo cerca de él y se pone a cebar y dice: "Me gusta, me gusta, esto del mate me gusta". Pero entonces Aisemberg le dice: "Juan, son las nueve'', y Juan se pone de pie y, batiendo palmas, desaloja el camarín y cierra la puerta. Adentro quedó Juanito, pero para cuando la puerta se vuelva a abrir, el que salga será Joan Manuel Serrat, tal como lo cuenta Claudio Gelemur, atlético y seguro, abriéndose paso con los brazos pese a que no hay nadie, delante con los ojos fijos en el escenario, sin ver a nadie, creciendo a cada paso a la par de la ovación que sube y que lo envuelve y que sólo se apaga cuando él empieza a cantar.

Serrat, el otro
Claro que todos estos Serrat conviven, son y se nutren del otro, ese catalán de 40 años que fuma, tose y se despeina. El que es capaz de pasar horas hablando de cepas y de vinos: "Porque algún día me gustaría tener una viña. Ahora tengo un campito con algunos animales, pero sabes qué pasa, que el vino es algo que te permite más creatividad, puedes mezclar, probar, y entonces tienes un vino propio, bueno o malo pero tuyo''.
Es el Serrat que busca la buena mesa, que se desvive por las achuras y que no tiene problemas en usar tenedor y cuchillo mientras resulten eficaces, pero si la cosa se complica y el pedazo de chivito parece de primera, entonces no trepida y se va a las manos, lo despedaza con los dedos y con los dedos, busca las papas fritas, la ensalada, el pan, y vuelve a los cubiertos y ahora tiene un escarbadiente en la boca, lucha con algo allá atrás, en la última de sus muelas, termina una botella de agua mineral y cada tanto busca su copa de vino y no toma, bebe, saborea.
Ingenioso, rápido, cargador, es el Serrat al que no le preocupa la ropa, que anda todo el día en zapatillas (incluso en el escenario), que después de cuatro días de caminar y hacer fotos con SOMOS dijo: "El próximo viaje me traigo otra campera, ya salí en todas las fotos con la misma. . . parezco Ubaldini". Es el que en el estadio de San Martín de Tucumán, faltando media hora para el recital, consiguió una pelota de fútbol y armó un mete-gol-entra contra uno de los arcos y pedía todos los centros, y buscaba el cabezazo abriéndose paso con los codos, gritando y enojándose cuando no se la daban o se la daban mal.
En medio de un almuerzo en una parrilla tucumana, desde los parlantes, empezaron a bajar sus canciones mientras subía el volumen. Entonces llamó al mozo y le dijo: "Podría usted sacarme a este tipo que ya no lo aguanto''. Pero la música siguió y entonces llamó al mismo mozo y le dijo: "Oiga, maestro, que no lo aguanto en serio", y entonces sacaron la música:' 'Ahora sí se puede comer, eh".
Es el Serrat que no deja que nadie le ponga queso a sus ravioles, porque "yo se los pongo de una manera especial", casi casi uno por uno, mientras los va comiendo. Es el que disfruta tanto mirando lagos y montañas como buenas mujeres, el que carga a todos y se deja cargar, el que cuando se equivoca en la letra arriba del escenario, se da vuelta y le guiña un ojo a Miralles como si estuviese abajo de ese escenario. El Serrat de las malas palabras y los chistes verdes, el que cuando se ríe, se ríe a carcajadas, y cuando se pone serio escatima palabras. Es ese Juanito capaz de "orinar en mitad de la vereda y que se mofa de cuestiones importantes", pero que todavía hoy, de tanto en tanto, por aquellas pequeñas cosas, se esconde detrás de la puerta y llora cuando nadie lo ve.
Daniel Ares
Investigación: Horacio Fernández 
Fotos: Gerardo Horovitz

Desde que llegó por primera vez en 1969, todavía más delgado y enfundado todo de negro, Joan Manuel Serrat ha seguido sumando seguidores, sin perder ninguno mientras le agregaba colores a su ropa.
Desde mi madre, doña Carmen, que suspiraba por sus discos, hasta mi hijo, que lo mezcló desde su infancia con Los Beatles, pasando por mi mujer, lógicamente, todos fueron de la primera hora y lo siguen siendo. Por algo su repertorio es perenne, agrega pero no le quita. Desde 'Tu nombre me sabe a hierba' a 'Cada loco con su tema'.
Creo que su éxito entre los adolescentes de cualquier edad (lo somos un poco todos) responde al mismo mecanismo de popularidad crónica de Hermann Hesse. Como el pacifista alemán, que se quedó sin ciudadanía por defender la paz, es un inconformista, no le gusta el poder ni los poderosos, en su vida y en sus temas el dinero no importa, es un vagabundo enamorado de perder el tiempo con los amigos en Fechoría o en un bar de Barcelona. Y por último, pero no menos importante, es un romántico impenitente. Aunque les reviente mutuamente, el identikit del seductor español es una moneda de dos caras: Joan Manuel y Julio Iglesias. Aunque el catalán sea un "hombre de izquierdas" y el madrileño no. Pero uno y otro, aunque con libretos tan opuestos, son impensables sin la mujer de por medio y en el medio.
El dato distinto no sólo es político sino que Serrat, desde sus estudios secundarios junto al campo, comprende la alternativa dramática de la ecología. Por eso lucha por la vida del Mediterráneo o pronuncia la bella plegaria de "Padre" cuando la tontería humana atenta contra el bosque y los peces. Y todo esto, el amor o la vida, lo comprenden sin necesidad de analizarlo sus admiradores.
Horacio de Dios

El machismo, la timidez, el trabajo...
-¿Por qué Serrat prendió tanto en el público argentino?
—Yo no creo que sea una cuestión de canciones solamente. Lo más seguro es que nos parezcamos en algo, quiero decir, los argentinos y yo. A lo mejor fue en la forma de vivir las cosas y en las cosas que vivimos. Yo creo que me fui enamorando de a poco de la Argentina desde que la conocí, allá por el año '69. La relación que yo tengo hoy con la gente de aquí no tiene nada que ver con la que tenía en el 69 o el 70 o el 71. . . Supongo que tanto el contacto como la ausencia nos han integrado mucho.
-Bien, pero además estás cada día más porteño.
—Sí, sí, y me encanta.
-Claro que los porteños, por lo general, suelen ser machistas. ¿Vos sos machista?
—Bueno, creo que no. . . yo no diría que soy un hombre machista, lo que sí diría es que bueno, que tengo que responder a una educación y una cultura de la que formo parte. Pero no creo que el machismo sea un buen elemento como para andar con él, porque es algo despectivo hacia la mujer, y yo no siento nada por el estilo, ni individual ni colectivamente ejercito este desprecio. Lo que sí puedo tener es una relación entre amigos, franca, y discutir de política, fútbol y caballos todos juntos y jugar a las cartas y tomar unos vinos, nada más, pero no me considero machista, no, absolutamente. . . bueno, quizá un poquito, ¿eh?
-Eso ya te acerca a los porteños.
—Eso y otras cosas.
-Discepolo, por ejemplo.
—Sí, sí, a Discepolo lo encuentro maravilloso.
Sin embargo, tus canciones parecen tener una mayor dosis de esperanza que la que tenía Discepolo.
—Bueno, es que uno siempre es un poco desesperanzado, pero lo que pasa es que la nostalgia existe siempre, como una nostalgia hasta del presente mismo, de las cosas que están ocurriendo mientras uno ya siente nostalgia por esas cosas. Pero no creo que todo el tango sea nostalgia, ni todo porteño es tango, ni todo argentino es porteño, ¿no?
-¿Y cómo vive Serrat, el hombre, el otro, esos días que se levanta mufado y sin embargo está obligado a seguir siendo Joan Manuel Serrat?
—Pues supongo que los vivo mal, con una actitud que no sería la mejor para los que están conmigo ni la mejor para mí. De la misma manera que uno se pelea con esos días con bastante estupidez. Lo que pasa es que todo esto responde a unos mecanismos que, como si fuera una represa, acumulan, acumulan y finalmente se abren y bueno. . . que mejor que te corras.
-¿Eso te convierte en un jefe duro?
—Lo que pasa es que no tengo ninguna necesidad de ser autoritario. El problema para entenderse con la gente termina cuando tú conoces las dificultades de su trabajo, cuando ves lo difícil que es hacer su trabajo y los inconvenientes con que uno tendría que enfrentarse, entonces y recién entonces empiezas a tener una relación mucho más fluida. Yo personalmente tengo que reconocer que la gente con la que trabajo sabe perfectamente qué es lo que tiene que hacer y entonces nadie levanta la voz. Pero debo reconocer que el equipo con que trabajo está formado por gente excelente y, a lo mejor, mi única virtud fue mantenerlos cerca, pero fue la vida la que me los puso al lado.
-Pero te cuesta comunicarte con la gente cuando recién la conoces, ¿no?
—Sí. sí, me cuesta bastante. Debe ser mi ascendencia catalana, ¡bah!, eso dicen, pero no creo en eso; dicen también que eso es por ser capricorniano, pero tampoco creo en eso.
-¿Entonces?
—A lo mejor es por timidez, en eso sí creo, porque todo el mundo es tímido: el que lo dice y el que no lo dice, el que juega con eso y el que no, pero todos somos tímidos.
-¿Estás cansado de viajar?
—No, no eso no me cansa, al contrario, me gusta, porque viajar me ha hecho conocer el mundo, conocer las personas, me ha hecho ver la vida más en directo y sobre todo me ha hecho entender que aquellas cosas que yo no comprendía, que me parecían raras, no eran más que mi propia ignorancia. Y porque conociendo esas cosas uno puede llegar a querer a la gente que antes no quería. No, viajar no me cansa, qué va.
-¿ Y cuando viajas, qué es lo que más extrañas?
—Bueno, mis hijos, por supuesto, pero bueno, yo sé que voy a viajar y sé que los voy a extrañar, así que ése es un sentimiento que ya llevo incorporado. Y extraño mucho mi casa, mi mujer, mi gato, mis cuatro chiches. . .
-¿Y es por eso que hablaste de retirarte por un par de años?
—No, no, no, por empezar yo dije un año, y no dije retirarme, dije dejar de subirme a un escenario. Incluso hasta esto ya tengo en dudas, porque no creo que sea capaz de estar un año entero sin subirme a un escenario. Dije esto en un momento en que estaba cansado, y lo que ocurre ahora es que, siguiendo con la misma gira, sin descansar me estoy encontrando otra vez muy bien. Es como si hubiese corrido el Nacional y en el poste de los 1.500 me hubiera faltado caballo, y al salir del codo hubiera salido otra vez volando.
Daniel Ares

viernes, noviembre 09, 1984

1984 Serrat en Argentina





 RECUERDOS 1984
Serrat en Argentina

Revista Somos
noviembre 1984

Aporte de Riqui de Ituzaingó

La cabalgata Serrat
10 días, 7 estadios y 140 mil personas.
                                                                   
De aquel catalán que allá por 1969 llegó a la Argentina por primera vez, y cuyo nombre para unos pocos sabía a hierba y para la gran mayoría a nada, a éste que hoy juega al truco, toma mate y habla de escolaso en sus canciones, hay tanta diferencia como la que hay entre aquel breve y tímido show en los Sábados Circulares de Mancera y sus hoy fastuosos recitales de estadios desbordantes.
Golpe a golpe y verso a verso, en estos quince años la figura de Joan Manuel Serrat se fue apropiando de los argentinos, y los argentinos de su figura. Y ya nadie sabe cómo ni cuándo fue que empezó, pero lo cierto es que hay un fenómeno Serrat que, poco a poco, deja de ser fenómeno para convertirse en un hábito. Un hábito más como el truco, el mate y el escolaso.
                                                                    
En junio de 1983 Joan Manuel Serrat volvía a la Argentina después de ocho años desde su última presentación en Buenos Aires, allá por 1975. Y fue entonces cuando, tanto él como los argentinos, vieron hasta qué punto había crecido el fenómeno Serrat. Volvía para hacer cuatro recitales en el teatro Gran Rex, pero no bastaron y entonces se organizaron tres Luna Park, que tampoco fueron suficientes como tampoco lo fueron los tres Luna Park que se sumaron a los tres primeros y que, aún así, hizo falta un Vélez Sarsfield en donde, la multitud que unos días antes había agotado las entradas se quedó sin entrar porque una lluvia inoportuna les negó el show y los obligó a esperar más de un año. Pero el fenómeno Serrat era ya indiscutible: su long play, En tránsito, llevaba vendidos 120.000 placas y Cada loco con su tema, iba en camino a sus primeros 60.000 discos. La lluvia había podido con el show, pero no con el mito.

Su público esperó y, un poco más de un año después, en octubre de 1984, Serrat estaba de vuelta en la Argentina. Partiendo de un recital en la cancha de Estudiantes de La Plata (13.000 personas) el catalán empezaba un periplo que seguiría con cuatro Luna Park (46.000) Rosario (11.000), Córdoba (9.000), Tucumán (7.000), Salta (6.000) y todavía faltan Mendoza, Río Cuarto, Mar del Plata, Bahía Blanca, Neuquén, y dos Vélez Sarsfield el 17 y 18 de noviembre, uno de los cuales ya agotó sus 25.000 localidades.

¿Pero quién es este catalán de 40 años, natural de Barcelona, que llena estadios criollos de criollos que aplauden y criollas que suspiran? Eso es lo que SOMOS trató de averiguar durante los cuatro días que convivió con él en su paso por Córdoba y Tucumán, paseando con él por Carlos Paz y El Cadillal, compartiendo su camarín, sus amigos, su mesa, su vino, su buen humor y sus malas lunas.


Serrat y la política

Porque éste, así como el fútbol, es uno de sus temas preferidos. Gran lector de diarios, no rechaza el tema ni escatima opiniones que son "mi punto de vista, nada más que mi punto de vista'', aclara siempre. Y cuando de la Argentina se trata, se entusiasma más que nunca: "Si cuando volví me hubiesen dicho que esto se parecía a la época del posfranquismo en España, hubiese dicho que no, que no tenía nada que ver. Pero a medida que pasan los días, que voy viendo, oyendo y caminando, me parece que sí, que puede ser. A pesar de que lo que ocurrió en España, durante 40 años no es lo mismo que pasó acá, también acá aparece esa ilusión extraña que hay cuando se empieza a salir del agujero, esa esperanza rápida, como lo es también la desesperanza. 

Pareciera una facilidad grande a quedarse prendado de alguna cosa y una gran facilidad para desilusionarse sin siquiera haberse tomado el tiempo para posesionarse de aquellas cosas con las cuales uno se ilusionó. Una época donde hay mucha duda y mucha contradicción, a nivel político y de la calle, y por eso uno se encuentra con alianzas políticas absolutamente kafkianas, ¿no? 

Claro que también se nota que hay una situación muy emotiva en la que la gente tiene muchas ganas de enfrentar el futuro, y entonces se ve una Argentina que trata de olvidar su pasado, de taparlo, de perder la memoria. Pero hay otra Argentina muy grande a reconstruir, y no sólo en el plano económico. Por otra parte, parece que la gente se replegó un poco, que perdió un poco la confianza. 

A lo mejor Alfonsín salió con poco tiempo de unas elecciones internas muy duras y no pudo prepararse del todo para las elecciones generales, y tal vez eso le pesa un poco hoy en su manejo de la política nacional, porque sus movimientos están condicionados al movimiento de los demás. Pero, claro, es un punto de vista, mi punto de vista". L


Serrat, el jefe

Este es otro Serrat, el que trabaja abajo del escenario, que controla el sonido, las luces, que da órdenes sin que nadie se dé cuenta, porque maneja la seducción y no la autoridad, camina entre su gente, se acuerda de que a aquél, ayer, le dolía una muela y pregunta por esa muela o por la mujer de aquel otro.

Pero a ese Serrat lo cuentan, mejor que nadie, quienes lo llaman el jefe, como su secretario, Claudio Gelemur: "Es un tipo diferente —dice—, el Serrat que come conmigo, que habla conmigo, que juega al fútbol conmigo yo lo veo chico, lo veo chueco, con los hombros caídos, y en cambio el que sube al escenario lo veo atlético, grande, intocable, yo siento que no lo puedo tocar, me da temor hablar. A ese Serrat le tengo miedo. 

En cambio cuando baja del escenario es Juan, con el que se puede hablar, contarle chistes, reírme con él. Como jefe es muy profesional, es una estrella, sí, pero como ha pasado por todas, como conoce el trabajo de todos los que están alrededor de él, comprende bien, con alguna que otra bronca, pero muy humano. Claro, a lo mejor grita, y grita con bronca, pero en seguida pide disculpas, porque sabe de su carácter fuerte. Hay gente que tiene poder, y él es un hombre con poder, y como tal sabe manejar a la gente sin necesidad de mandonearla, y se da cuenta en qué momento tiene que levantar la voz, pero siempre con calidad''.

Chiche Aisemberg, su manager en la Argentina, dice que "Juan es un fuera de serie, yo no puedo hablar de él porque lo quiero, porque soy su amigo. Es un tipo muy porteño, muy gamba, porque no te puedo decir que es pierna, porque es gamba. Aun cuando se enoja, es el tipo que te ve preocupado por algo y se acerca y te dice: 'No te preocupes, ya se va a arreglar', y si no se arregla no pasa nada. 

Y claro, se enoja con las estupideces, con las pequeñas cosas y no con las grandes, supongo que para no hacerte sentir mal a vos, entonces estalla por las pequeñas cosas, pero claro, yo no te puedo hablar de él porque para mí es un amigo querido y todo lo que te diga de él está cargado de subjetividad''.
Y otro que comparte trabajo y escenario con él es Ricardo Miralles, su arreglador musical. Porque siempre hay un día, allá en Barcelona, en que Serrat llama a Miralles y le informa que hay una canción nueva y que hay que trabajar. "Entonces yo —cuenta Miralles— la escucho durante algunos días, y nos encerramos juntos durante el tiempo que sea necesario y vamos viendo. Ahora ya no nos peleamos más, pero hace unos años discutíamos bastante, cuando éramos más jóvenes. 
Claro que yo con él trabajo muy tranquilo y nos respetamos mucho, porque además él nunca hace una canción que no me guste, y a él suele pasarle lo mismo con mis arreglos."


Serrat, el artista

Este es el que confiesa que no hace canciones sino que se las saca de encima: "Cuando termino una canción me siento liberado. No cuando la termino sino cuando la doy por terminada, porque hago lo que puedo, lo poco que sé, y me manejo con la idea de lo que no puedo hacer, y entonces la doy por terminada, porque algún día la tengo que cantar". Es el Serrat que empieza garabateando sus temas en cualquier papel y que los termina a máquina ''con dos dedos, porque no sé escribir a máquina pero la necesito, porque más de una vez, cuando escribo a mano, no me entiendo la letra".

Y entonces, un buen día, el artista debe subir al escenario. La hora del recital se acerca, su camarín tiene la puerta abierta y la gente va y viene, le habla, le cuenta chistes y él los festeja mientras fuma o toma wisky, esperando la hora de salir al ruedo. Falta menos de media hora y busca su guitarra y, como pasó en el vestuario del Chateau Carreras, empieza a recordar 'Pobre gallo bataraz' aquella milonga de Gardel, pero entonces recuerda un chiste y lo cuenta, y esta vez es un chiste de gallegos. Alguien dejó un mate y un termo cerca de él y se pone a cebar y dice: "Me gusta, me gusta, esto del mate me gusta". 

Pero entonces Aisemberg le dice: "Juan, son las nueve'', y Juan se pone de pie y, batiendo palmas, desaloja el camarín y cierra la puerta. Adentro quedó Juanito, pero para cuando la puerta se vuelva a abrir, el que salga será Joan Manuel Serrat, tal como lo cuenta Claudio Gelemur, atlético y seguro, abriéndose paso con los brazos pese a que no hay nadie, delante con los ojos fijos en el escenario, sin ver a nadie, creciendo a cada paso a la par de la ovación que sube y que lo envuelve y que sólo se apaga cuando él empieza a cantar.


Serrat, el otro

Claro que todos estos Serrat conviven, son y se nutren del otro, ese catalán de 40 años que fuma, tose y se despeina. El que es capaz de pasar horas hablando de cepas y de vinos: "Porque algún día me gustaría tener una viña. Ahora tengo un campito con algunos animales, pero sabes qué pasa, que el vino es algo que te permite más creatividad, puedes mezclar, probar, y entonces tienes un vino propio, bueno o malo pero tuyo''.

Es el Serrat que busca la buena mesa, que se desvive por las achuras y que no tiene problemas en usar tenedor y cuchillo mientras resulten eficaces, pero si la cosa se complica y el pedazo de chivito parece de primera, entonces no trepida y se va a las manos, lo despedaza con los dedos y con los dedos, busca las papas fritas, la ensalada, el pan, y vuelve a los cubiertos y ahora tiene un escarbadiente en la boca, lucha con algo allá atrás, en la última de sus muelas, termina una botella de agua mineral y cada tanto busca su copa de vino y no toma, bebe, saborea.

Ingenioso, rápido, cargador, es el Serrat al que no le preocupa la ropa, que anda todo el día en zapatillas (incluso en el escenario), que después de cuatro días de caminar y hacer fotos con SOMOS dijo: "El próximo viaje me traigo otra campera, ya salí en todas las fotos con la misma. . . parezco Ubaldini". Es el que en el estadio de San Martín de Tucumán, faltando media hora para el recital, consiguió una pelota de fútbol y armó un mete-gol-entra contra uno de los arcos y pedía todos los centros, y buscaba el cabezazo abriéndose paso con los codos, gritando y enojándose cuando no se la daban o se la daban mal.

En medio de un almuerzo en una parrilla tucumana, desde los parlantes, empezaron a bajar sus canciones mientras subía el volumen. Entonces llamó al mozo y le dijo: "Podría usted sacarme a este tipo que ya no lo aguanto''. Pero la música siguió y entonces llamó al mismo mozo y le dijo: "Oiga, maestro, que no lo aguanto en serio", y entonces sacaron la música:' 'Ahora sí se puede comer, eh".

Es el Serrat que no deja que nadie le ponga queso a sus ravioles, porque "yo se los pongo de una manera especial", casi casi uno por uno, mientras los va comiendo. Es el que disfruta tanto mirando lagos y montañas como buenas mujeres, el que carga a todos y se deja cargar, el que cuando se equivoca en la letra arriba del escenario, se da vuelta y le guiña un ojo a Miralles como si estuviese abajo de ese escenario. 

El Serrat de las malas palabras y los chistes verdes, el que cuando se ríe, se ríe a carcajadas, y cuando se pone serio escatima palabras. Es ese Juanito capaz de "orinar en mitad de la vereda y que se mofa de cuestiones importantes", pero que todavía hoy, de tanto en tanto, por aquellas pequeñas cosas, se esconde detrás de la puerta y llora cuando nadie lo ve.
Daniel Ares
Investigación: Horacio Fernández 
Fotos: Gerardo Horovitz

Desde que llegó por primera vez en 1969, todavía más delgado y enfundado todo de negro, Joan Manuel Serrat ha seguido sumando seguidores, sin perder ninguno mientras le agregaba colores a su ropa.

Desde mi madre, doña Carmen, que suspiraba por sus discos, hasta mi hijo, que lo mezcló desde su infancia con Los Beatles, pasando por mi mujer, lógicamente, todos fueron de la primera hora y lo siguen siendo. Por algo su repertorio es perenne, agrega pero no le quita. Desde 'Tu nombre me sabe a hierba' a 'Cada loco con su tema'.

Creo que su éxito entre los adolescentes de cualquier edad (lo somos un poco todos) responde al mismo mecanismo de popularidad crónica de Hermann Hesse. Como el pacifista alemán, que se quedó sin ciudadanía por defender la paz, es un inconformista, no le gusta el poder ni los poderosos, en su vida y en sus temas el dinero no importa, es un vagabundo enamorado de perder el tiempo con los amigos en Fechoría o en un bar de Barcelona. 

Y por último, pero no menos importante, es un romántico impenitente. Aunque les reviente mutuamente, el identikit del seductor español es una moneda de dos caras: Joan Manuel y Julio Iglesias. Aunque el catalán sea un "hombre de izquierdas" y el madrileño no. Pero uno y otro, aunque con libretos tan opuestos, son impensables sin la mujer de por medio y en el medio.

El dato distinto no sólo es político sino que Serrat, desde sus estudios secundarios junto al campo, comprende la alternativa dramática de la ecología. Por eso lucha por la vida del Mediterráneo o pronuncia la bella plegaria de "Padre" cuando la tontería humana atenta contra el bosque y los peces. Y todo esto, el amor o la vida, lo comprenden sin necesidad de analizarlo sus admiradores.
Horacio de Dios


El machismo, la timidez, el trabajo...

-¿Por qué Serrat prendió tanto en el público argentino?
—Yo no creo que sea una cuestión de canciones solamente. Lo más seguro es que nos parezcamos en algo, quiero decir, los argentinos y yo. A lo mejor fue en la forma de vivir las cosas y en las cosas que vivimos. Yo creo que me fui enamorando de a poco de la Argentina desde que la conocí, allá por el año '69. La relación que yo tengo hoy con la gente de aquí no tiene nada que ver con la que tenía en el 69 o el 70 o el 71. . . Supongo que tanto el contacto como la ausencia nos han integrado mucho.


-Bien, pero además estás cada día más porteño.
—Sí, sí, y me encanta.

-Claro que los porteños, por lo general, suelen ser machistas. ¿Vos sos machista?
—Bueno, creo que no. . . yo no diría que soy un hombre machista, lo que sí diría es que bueno, que tengo que responder a una educación y una cultura de la que formo parte. Pero no creo que el machismo sea un buen elemento como para andar con él, porque es algo despectivo hacia la mujer, y yo no siento nada por el estilo, ni individual ni colectivamente ejercito este desprecio. Lo que sí puedo tener es una relación entre amigos, franca, y discutir de política, fútbol y caballos todos juntos y jugar a las cartas y tomar unos vinos, nada más, pero no me considero machista, no, absolutamente. . . bueno, quizá un poquito, ¿eh?

-Eso ya te acerca a los porteños.
—Eso y otras cosas.

-Discepolo, por ejemplo.
—Sí, sí, a Discepolo lo encuentro maravilloso.

Sin embargo, tus canciones parecen tener una mayor dosis de esperanza que la que tenía Discepolo.
—Bueno, es que uno siempre es un poco desesperanzado, pero lo que pasa es que la nostalgia existe siempre, como una nostalgia hasta del presente mismo, de las cosas que están ocurriendo mientras uno ya siente nostalgia por esas cosas. Pero no creo que todo el tango sea nostalgia, ni todo porteño es tango, ni todo argentino es porteño, ¿no?

-¿Y cómo vive Serrat, el hombre, el otro, esos días que se levanta mufado y sin embargo está obligado a seguir siendo Joan Manuel Serrat?
—Pues supongo que los vivo mal, con una actitud que no sería la mejor para los que están conmigo ni la mejor para mí. De la misma manera que uno se pelea con esos días con bastante estupidez. Lo que pasa es que todo esto responde a unos mecanismos que, como si fuera una represa, acumulan, acumulan y finalmente se abren y bueno. . . que mejor que te corras.

-¿Eso te convierte en un jefe duro?
—Lo que pasa es que no tengo ninguna necesidad de ser autoritario. El problema para entenderse con la gente termina cuando tú conoces las dificultades de su trabajo, cuando ves lo difícil que es hacer su trabajo y los inconvenientes con que uno tendría que enfrentarse, entonces y recién entonces empiezas a tener una relación mucho más fluida. Yo personalmente tengo que reconocer que la gente con la que trabajo sabe perfectamente qué es lo que tiene que hacer y entonces nadie levanta la voz. Pero debo reconocer que el equipo con que trabajo está formado por gente excelente y, a lo mejor, mi única virtud fue mantenerlos cerca, pero fue la vida la que me los puso al lado.

-Pero te cuesta comunicarte con la gente cuando recién la conoces, ¿no?
—Sí. sí, me cuesta bastante. Debe ser mi ascendencia catalana, ¡bah!, eso dicen, pero no creo en eso; dicen también que eso es por ser capricorniano, pero tampoco creo en eso.

-¿Entonces?
—A lo mejor es por timidez, en eso sí creo, porque todo el mundo es tímido: el que lo dice y el que no lo dice, el que juega con eso y el que no, pero todos somos tímidos.

-¿Estás cansado de viajar?
—No, no eso no me cansa, al contrario, me gusta, porque viajar me ha hecho conocer el mundo, conocer las personas, me ha hecho ver la vida más en directo y sobre todo me ha hecho entender que aquellas cosas que yo no comprendía, que me parecían raras, no eran más que mi propia ignorancia. Y porque conociendo esas cosas uno puede llegar a querer a la gente que antes no quería. No, viajar no me cansa, qué va.

-¿ Y cuando viajas, qué es lo que más extrañas?
—Bueno, mis hijos, por supuesto, pero bueno, yo sé que voy a viajar y sé que los voy a extrañar, así que ése es un sentimiento que ya llevo incorporado. Y extraño mucho mi casa, mi mujer, mi gato, mis cuatro chiches. . .

-¿Y es por eso que hablaste de retirarte por un par de años?
—No, no, no, por empezar yo dije un año, y no dije retirarme, dije dejar de subirme a un escenario. Incluso hasta esto ya tengo en dudas, porque no creo que sea capaz de estar un año entero sin subirme a un escenario. 
Dije esto en un momento en que estaba cansado, y lo que ocurre ahora es que, siguiendo con la misma gira, sin descansar me estoy encontrando otra vez muy bien. Es como si hubiese corrido el Nacional y en el poste de los 1.500 me hubiera faltado caballo, y al salir del codo hubiera salido otra vez volando.
Daniel Ares


http://www.magicasruinas.com.ar/revistero/argentina/serrat-en-argentina.htm

lunes, noviembre 05, 1984

Serrat en Argentina 1984 La cabalgata Serrat





 Serrat en Argentina

Revista Somos
noviembre 1984

Aporte de Riqui de Ituzaingó

La cabalgata Serrat
10 días, 7 estadios y 140 mil personas.
                                                                   
De aquel catalán que allá por 1969 llegó a la Argentina por primera vez, y cuyo nombre para unos pocos sabía a hierba y para la gran mayoría a nada, a éste que hoy juega al truco, toma mate y habla de escolaso en sus canciones, hay tanta diferencia como la que hay entre aquel breve y tímido show en los Sábados Circulares de Mancera y sus hoy fastuosos recitales de estadios desbordantes.
Golpe a golpe y verso a verso, en estos quince años la figura de Joan Manuel Serrat se fue apropiando de los argentinos, y los argentinos de su figura. Y ya nadie sabe cómo ni cuándo fue que empezó, pero lo cierto es que hay un fenómeno Serrat que, poco a poco, deja de ser fenómeno para convertirse en un hábito. Un hábito más como el truco, el mate y el escolaso.
                                                                    
En junio de 1983 Joan Manuel Serrat volvía a la Argentina después de ocho años desde su última presentación en Buenos Aires, allá por 1975. Y fue entonces cuando, tanto él como los argentinos, vieron hasta qué punto había crecido el fenómeno Serrat. Volvía para hacer cuatro recitales en el teatro Gran Rex, pero no bastaron y entonces se organizaron tres Luna Park, que tampoco fueron suficientes como tampoco lo fueron los tres Luna Park que se sumaron a los tres primeros y que, aún así, hizo falta un Vélez Sarsfield en donde, la multitud que unos días antes había agotado las entradas se quedó sin entrar porque una lluvia inoportuna les negó el show y los obligó a esperar más de un año. Pero el fenómeno Serrat era ya indiscutible: su long play, En tránsito, llevaba vendidos 120.000 placas y Cada loco con su tema, iba en camino a sus primeros 60.000 discos. La lluvia había podido con el show, pero no con el mito.

Su público esperó y, un poco más de un año después, en octubre de 1984, Serrat estaba de vuelta en la Argentina. Partiendo de un recital en la cancha de Estudiantes de La Plata (13.000 personas) el catalán empezaba un periplo que seguiría con cuatro Luna Park (46.000) Rosario (11.000), Córdoba (9.000), Tucumán (7.000), Salta (6.000) y todavía faltan Mendoza, Río Cuarto, Mar del Plata, Bahía Blanca, Neuquén, y dos Vélez Sarsfield el 17 y 18 de noviembre, uno de los cuales ya agotó sus 25.000 localidades.

¿Pero quién es este catalán de 40 años, natural de Barcelona, que llena estadios criollos de criollos que aplauden y criollas que suspiran? Eso es lo que SOMOS trató de averiguar durante los cuatro días que convivió con él en su paso por Córdoba y Tucumán, paseando con él por Carlos Paz y El Cadillal, compartiendo su camarín, sus amigos, su mesa, su vino, su buen humor y sus malas lunas.


Serrat y la política

Porque éste, así como el fútbol, es uno de sus temas preferidos. Gran lector de diarios, no rechaza el tema ni escatima opiniones que son "mi punto de vista, nada más que mi punto de vista'', aclara siempre. Y cuando de la Argentina se trata, se entusiasma más que nunca: "Si cuando volví me hubiesen dicho que esto se parecía a la época del posfranquismo en España, hubiese dicho que no, que no tenía nada que ver. Pero a medida que pasan los días, que voy viendo, oyendo y caminando, me parece que sí, que puede ser. A pesar de que lo que ocurrió en España, durante 40 años no es lo mismo que pasó acá, también acá aparece esa ilusión extraña que hay cuando se empieza a salir del agujero, esa esperanza rápida, como lo es también la desesperanza. 

Pareciera una facilidad grande a quedarse prendado de alguna cosa y una gran facilidad para desilusionarse sin siquiera haberse tomado el tiempo para posesionarse de aquellas cosas con las cuales uno se ilusionó. Una época donde hay mucha duda y mucha contradicción, a nivel político y de la calle, y por eso uno se encuentra con alianzas políticas absolutamente kafkianas, ¿no? 

Claro que también se nota que hay una situación muy emotiva en la que la gente tiene muchas ganas de enfrentar el futuro, y entonces se ve una Argentina que trata de olvidar su pasado, de taparlo, de perder la memoria. Pero hay otra Argentina muy grande a reconstruir, y no sólo en el plano económico. Por otra parte, parece que la gente se replegó un poco, que perdió un poco la confianza. 

A lo mejor Alfonsín salió con poco tiempo de unas elecciones internas muy duras y no pudo prepararse del todo para las elecciones generales, y tal vez eso le pesa un poco hoy en su manejo de la política nacional, porque sus movimientos están condicionados al movimiento de los demás. Pero, claro, es un punto de vista, mi punto de vista". L


Serrat, el jefe

Este es otro Serrat, el que trabaja abajo del escenario, que controla el sonido, las luces, que da órdenes sin que nadie se dé cuenta, porque maneja la seducción y no la autoridad, camina entre su gente, se acuerda de que a aquél, ayer, le dolía una muela y pregunta por esa muela o por la mujer de aquel otro.

Pero a ese Serrat lo cuentan, mejor que nadie, quienes lo llaman el jefe, como su secretario, Claudio Gelemur: "Es un tipo diferente —dice—, el Serrat que come conmigo, que habla conmigo, que juega al fútbol conmigo yo lo veo chico, lo veo chueco, con los hombros caídos, y en cambio el que sube al escenario lo veo atlético, grande, intocable, yo siento que no lo puedo tocar, me da temor hablar. A ese Serrat le tengo miedo. 

En cambio cuando baja del escenario es Juan, con el que se puede hablar, contarle chistes, reírme con él. Como jefe es muy profesional, es una estrella, sí, pero como ha pasado por todas, como conoce el trabajo de todos los que están alrededor de él, comprende bien, con alguna que otra bronca, pero muy humano. Claro, a lo mejor grita, y grita con bronca, pero en seguida pide disculpas, porque sabe de su carácter fuerte. Hay gente que tiene poder, y él es un hombre con poder, y como tal sabe manejar a la gente sin necesidad de mandonearla, y se da cuenta en qué momento tiene que levantar la voz, pero siempre con calidad''.

Chiche Aisemberg, su manager en la Argentina, dice que "Juan es un fuera de serie, yo no puedo hablar de él porque lo quiero, porque soy su amigo. Es un tipo muy porteño, muy gamba, porque no te puedo decir que es pierna, porque es gamba. Aun cuando se enoja, es el tipo que te ve preocupado por algo y se acerca y te dice: 'No te preocupes, ya se va a arreglar', y si no se arregla no pasa nada. 

Y claro, se enoja con las estupideces, con las pequeñas cosas y no con las grandes, supongo que para no hacerte sentir mal a vos, entonces estalla por las pequeñas cosas, pero claro, yo no te puedo hablar de él porque para mí es un amigo querido y todo lo que te diga de él está cargado de subjetividad''.
Y otro que comparte trabajo y escenario con él es Ricardo Miralles, su arreglador musical. Porque siempre hay un día, allá en Barcelona, en que Serrat llama a Miralles y le informa que hay una canción nueva y que hay que trabajar. "Entonces yo —cuenta Miralles— la escucho durante algunos días, y nos encerramos juntos durante el tiempo que sea necesario y vamos viendo. Ahora ya no nos peleamos más, pero hace unos años discutíamos bastante, cuando éramos más jóvenes. 
Claro que yo con él trabajo muy tranquilo y nos respetamos mucho, porque además él nunca hace una canción que no me guste, y a él suele pasarle lo mismo con mis arreglos."


Serrat, el artista

Este es el que confiesa que no hace canciones sino que se las saca de encima: "Cuando termino una canción me siento liberado. No cuando la termino sino cuando la doy por terminada, porque hago lo que puedo, lo poco que sé, y me manejo con la idea de lo que no puedo hacer, y entonces la doy por terminada, porque algún día la tengo que cantar". Es el Serrat que empieza garabateando sus temas en cualquier papel y que los termina a máquina ''con dos dedos, porque no sé escribir a máquina pero la necesito, porque más de una vez, cuando escribo a mano, no me entiendo la letra".

Y entonces, un buen día, el artista debe subir al escenario. La hora del recital se acerca, su camarín tiene la puerta abierta y la gente va y viene, le habla, le cuenta chistes y él los festeja mientras fuma o toma wisky, esperando la hora de salir al ruedo. Falta menos de media hora y busca su guitarra y, como pasó en el vestuario del Chateau Carreras, empieza a recordar 'Pobre gallo bataraz' aquella milonga de Gardel, pero entonces recuerda un chiste y lo cuenta, y esta vez es un chiste de gallegos. Alguien dejó un mate y un termo cerca de él y se pone a cebar y dice: "Me gusta, me gusta, esto del mate me gusta". 

Pero entonces Aisemberg le dice: "Juan, son las nueve'', y Juan se pone de pie y, batiendo palmas, desaloja el camarín y cierra la puerta. Adentro quedó Juanito, pero para cuando la puerta se vuelva a abrir, el que salga será Joan Manuel Serrat, tal como lo cuenta Claudio Gelemur, atlético y seguro, abriéndose paso con los brazos pese a que no hay nadie, delante con los ojos fijos en el escenario, sin ver a nadie, creciendo a cada paso a la par de la ovación que sube y que lo envuelve y que sólo se apaga cuando él empieza a cantar.


Serrat, el otro

Claro que todos estos Serrat conviven, son y se nutren del otro, ese catalán de 40 años que fuma, tose y se despeina. El que es capaz de pasar horas hablando de cepas y de vinos: "Porque algún día me gustaría tener una viña. Ahora tengo un campito con algunos animales, pero sabes qué pasa, que el vino es algo que te permite más creatividad, puedes mezclar, probar, y entonces tienes un vino propio, bueno o malo pero tuyo''.

Es el Serrat que busca la buena mesa, que se desvive por las achuras y que no tiene problemas en usar tenedor y cuchillo mientras resulten eficaces, pero si la cosa se complica y el pedazo de chivito parece de primera, entonces no trepida y se va a las manos, lo despedaza con los dedos y con los dedos, busca las papas fritas, la ensalada, el pan, y vuelve a los cubiertos y ahora tiene un escarbadiente en la boca, lucha con algo allá atrás, en la última de sus muelas, termina una botella de agua mineral y cada tanto busca su copa de vino y no toma, bebe, saborea.

Ingenioso, rápido, cargador, es el Serrat al que no le preocupa la ropa, que anda todo el día en zapatillas (incluso en el escenario), que después de cuatro días de caminar y hacer fotos con SOMOS dijo: "El próximo viaje me traigo otra campera, ya salí en todas las fotos con la misma. . . parezco Ubaldini". Es el que en el estadio de San Martín de Tucumán, faltando media hora para el recital, consiguió una pelota de fútbol y armó un mete-gol-entra contra uno de los arcos y pedía todos los centros, y buscaba el cabezazo abriéndose paso con los codos, gritando y enojándose cuando no se la daban o se la daban mal.

En medio de un almuerzo en una parrilla tucumana, desde los parlantes, empezaron a bajar sus canciones mientras subía el volumen. Entonces llamó al mozo y le dijo: "Podría usted sacarme a este tipo que ya no lo aguanto''. Pero la música siguió y entonces llamó al mismo mozo y le dijo: "Oiga, maestro, que no lo aguanto en serio", y entonces sacaron la música:' 'Ahora sí se puede comer, eh".

Es el Serrat que no deja que nadie le ponga queso a sus ravioles, porque "yo se los pongo de una manera especial", casi casi uno por uno, mientras los va comiendo. Es el que disfruta tanto mirando lagos y montañas como buenas mujeres, el que carga a todos y se deja cargar, el que cuando se equivoca en la letra arriba del escenario, se da vuelta y le guiña un ojo a Miralles como si estuviese abajo de ese escenario. 

El Serrat de las malas palabras y los chistes verdes, el que cuando se ríe, se ríe a carcajadas, y cuando se pone serio escatima palabras. Es ese Juanito capaz de "orinar en mitad de la vereda y que se mofa de cuestiones importantes", pero que todavía hoy, de tanto en tanto, por aquellas pequeñas cosas, se esconde detrás de la puerta y llora cuando nadie lo ve.
Daniel Ares
Investigación: Horacio Fernández 
Fotos: Gerardo Horovitz

Desde que llegó por primera vez en 1969, todavía más delgado y enfundado todo de negro, Joan Manuel Serrat ha seguido sumando seguidores, sin perder ninguno mientras le agregaba colores a su ropa.

Desde mi madre, doña Carmen, que suspiraba por sus discos, hasta mi hijo, que lo mezcló desde su infancia con Los Beatles, pasando por mi mujer, lógicamente, todos fueron de la primera hora y lo siguen siendo. Por algo su repertorio es perenne, agrega pero no le quita. Desde 'Tu nombre me sabe a hierba' a 'Cada loco con su tema'.

Creo que su éxito entre los adolescentes de cualquier edad (lo somos un poco todos) responde al mismo mecanismo de popularidad crónica de Hermann Hesse. Como el pacifista alemán, que se quedó sin ciudadanía por defender la paz, es un inconformista, no le gusta el poder ni los poderosos, en su vida y en sus temas el dinero no importa, es un vagabundo enamorado de perder el tiempo con los amigos en Fechoría o en un bar de Barcelona. 

Y por último, pero no menos importante, es un romántico impenitente. Aunque les reviente mutuamente, el identikit del seductor español es una moneda de dos caras: Joan Manuel y Julio Iglesias. Aunque el catalán sea un "hombre de izquierdas" y el madrileño no. Pero uno y otro, aunque con libretos tan opuestos, son impensables sin la mujer de por medio y en el medio.

El dato distinto no sólo es político sino que Serrat, desde sus estudios secundarios junto al campo, comprende la alternativa dramática de la ecología. Por eso lucha por la vida del Mediterráneo o pronuncia la bella plegaria de "Padre" cuando la tontería humana atenta contra el bosque y los peces. Y todo esto, el amor o la vida, lo comprenden sin necesidad de analizarlo sus admiradores.
Horacio de Dios


El machismo, la timidez, el trabajo...

-¿Por qué Serrat prendió tanto en el público argentino?
—Yo no creo que sea una cuestión de canciones solamente. Lo más seguro es que nos parezcamos en algo, quiero decir, los argentinos y yo. A lo mejor fue en la forma de vivir las cosas y en las cosas que vivimos. Yo creo que me fui enamorando de a poco de la Argentina desde que la conocí, allá por el año '69. La relación que yo tengo hoy con la gente de aquí no tiene nada que ver con la que tenía en el 69 o el 70 o el 71. . . Supongo que tanto el contacto como la ausencia nos han integrado mucho.


-Bien, pero además estás cada día más porteño.
—Sí, sí, y me encanta.

-Claro que los porteños, por lo general, suelen ser machistas. ¿Vos sos machista?
—Bueno, creo que no. . . yo no diría que soy un hombre machista, lo que sí diría es que bueno, que tengo que responder a una educación y una cultura de la que formo parte. Pero no creo que el machismo sea un buen elemento como para andar con él, porque es algo despectivo hacia la mujer, y yo no siento nada por el estilo, ni individual ni colectivamente ejercito este desprecio. Lo que sí puedo tener es una relación entre amigos, franca, y discutir de política, fútbol y caballos todos juntos y jugar a las cartas y tomar unos vinos, nada más, pero no me considero machista, no, absolutamente. . . bueno, quizá un poquito, ¿eh?

-Eso ya te acerca a los porteños.
—Eso y otras cosas.

-Discepolo, por ejemplo.
—Sí, sí, a Discepolo lo encuentro maravilloso.

Sin embargo, tus canciones parecen tener una mayor dosis de esperanza que la que tenía Discepolo.
—Bueno, es que uno siempre es un poco desesperanzado, pero lo que pasa es que la nostalgia existe siempre, como una nostalgia hasta del presente mismo, de las cosas que están ocurriendo mientras uno ya siente nostalgia por esas cosas. Pero no creo que todo el tango sea nostalgia, ni todo porteño es tango, ni todo argentino es porteño, ¿no?

-¿Y cómo vive Serrat, el hombre, el otro, esos días que se levanta mufado y sin embargo está obligado a seguir siendo Joan Manuel Serrat?
—Pues supongo que los vivo mal, con una actitud que no sería la mejor para los que están conmigo ni la mejor para mí. De la misma manera que uno se pelea con esos días con bastante estupidez. Lo que pasa es que todo esto responde a unos mecanismos que, como si fuera una represa, acumulan, acumulan y finalmente se abren y bueno. . . que mejor que te corras.

-¿Eso te convierte en un jefe duro?
—Lo que pasa es que no tengo ninguna necesidad de ser autoritario. El problema para entenderse con la gente termina cuando tú conoces las dificultades de su trabajo, cuando ves lo difícil que es hacer su trabajo y los inconvenientes con que uno tendría que enfrentarse, entonces y recién entonces empiezas a tener una relación mucho más fluida. Yo personalmente tengo que reconocer que la gente con la que trabajo sabe perfectamente qué es lo que tiene que hacer y entonces nadie levanta la voz. Pero debo reconocer que el equipo con que trabajo está formado por gente excelente y, a lo mejor, mi única virtud fue mantenerlos cerca, pero fue la vida la que me los puso al lado.

-Pero te cuesta comunicarte con la gente cuando recién la conoces, ¿no?
—Sí. sí, me cuesta bastante. Debe ser mi ascendencia catalana, ¡bah!, eso dicen, pero no creo en eso; dicen también que eso es por ser capricorniano, pero tampoco creo en eso.

-¿Entonces?
—A lo mejor es por timidez, en eso sí creo, porque todo el mundo es tímido: el que lo dice y el que no lo dice, el que juega con eso y el que no, pero todos somos tímidos.

-¿Estás cansado de viajar?
—No, no eso no me cansa, al contrario, me gusta, porque viajar me ha hecho conocer el mundo, conocer las personas, me ha hecho ver la vida más en directo y sobre todo me ha hecho entender que aquellas cosas que yo no comprendía, que me parecían raras, no eran más que mi propia ignorancia. Y porque conociendo esas cosas uno puede llegar a querer a la gente que antes no quería. No, viajar no me cansa, qué va.

-¿ Y cuando viajas, qué es lo que más extrañas?
—Bueno, mis hijos, por supuesto, pero bueno, yo sé que voy a viajar y sé que los voy a extrañar, así que ése es un sentimiento que ya llevo incorporado. Y extraño mucho mi casa, mi mujer, mi gato, mis cuatro chiches. . .

-¿Y es por eso que hablaste de retirarte por un par de años?
—No, no, no, por empezar yo dije un año, y no dije retirarme, dije dejar de subirme a un escenario. Incluso hasta esto ya tengo en dudas, porque no creo que sea capaz de estar un año entero sin subirme a un escenario. 
Dije esto en un momento en que estaba cansado, y lo que ocurre ahora es que, siguiendo con la misma gira, sin descansar me estoy encontrando otra vez muy bien. Es como si hubiese corrido el Nacional y en el poste de los 1.500 me hubiera faltado caballo, y al salir del codo hubiera salido otra vez volando.
Daniel Ares


http://www.magicasruinas.com.ar/revistero/argentina/serrat-en-argentina.htm

miércoles, junio 06, 1984

1984 Joan Manuel Serrat: todo suma y nada resta

Joan Manuel Serrat: todo suma y nada resta


Cuando el año pasado, a raíz de la aparición de su disco Cada loco con su tema, Joan Manuel Serrat acudió al Teatro Griego de Barcelona, muchos justificaban la expectación levantada por el concierto afirmando que el cantautor del Poble Sec atravesaba por un momento especialmente entrañable. Anteayer por la noche se demostró que la puntualidad de aquella afirmación era errónea y que en la carrera de Serrat todo suma y nada resta. Comparada con la del martes, la expectación del Griego era pura broma. El público abarrotó, el resultado musical fue brillante y ese mismo público hizo que Serrat añadiera, hasta seis, los temas que desde las enfervorizadas gradas del anfiteatro le iban pidiendo.

Media hora antes de iniciarse el recital, un público heterogeneo e intergeneracional, entre el que se encontraban desde Antonio de Senillosa pasando por Trinca, el peluquero Iranzo o Menotti, fue llenando esas cotizadas butacas que desde hace días era prácticamente imposible conseguir.Cuando se apagaron las luces de la sala se produjo un silencio de expectación llenado por los primeros compases del grupo de acompañamiento: Miralles, Rabassa, Clua y Cubero.

En esa formación residían las incógnitas más importantes de la velada: era la primera vez que le veíamos la sustitución de Bardagí por Cubero a la guitarra y el disco Fa vint anys que tinc vint anys, es riquísimo en arreglos de cuerda que no iban a estar en el directo. La duda se desveló cuando Serrat apareció en escena envuelto en ensordecedoras ovaciones.

Él aglutina el carisma y bastaría con su guitarra y su manera de contar las cosas para conseguir la más abstraida atención. Y ésto se demostró en los temas que Serrat sigue prefiriendo cantar con piano.

Temas de estos hubo a montones. Del nuevo disco, como El Falcó o Sería Fantastic, o la patética historia de La Tieta que en el tercer bis aceptó cantar.

La noche empezó, de todas formas, con un tema bien orquestado como es el Fa vint anys que tinc vint anys que pese a no suponer, creativamente, algo importante sirvió para sentar las bases de lo que Serrat quiere.

No tuvo ningún reparo mezclar canciones nuevas con las viejas y las catalanas con las castellanas. De estas destacó Sinceramente Tuyo que arrebata con esa forma íntima de decir "nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio". A continuación vino Mediterraneo, porque detrás iba a cantar Plany la mar.

La segunda parte, al igual que la primera, se compuso de once temas que fueron generosamente prolongados por los bises.

viernes, abril 20, 1984

1984 Serrat ARGENTINA


Acá, en 1984, en el Taller Julio Cortázar de Córdoba cuando solo, con su guitarra, lo escuchaban ese racimo de niñas y niños.
Esta escuela la financia Serrat.
Es una escuela de enseñanza en Córdoba Argentina. La escuela de música está en Barcelona.
Es para huérfanos de las víctimas de la dictadura militar.

lunes, octubre 13, 1980

Caloi en su casa, con Serrat, Fontanarrosa, Quino y Rodolfo Mederos


 Caloi en su casa, con Serrat, Fontanarrosa, Quino y Rodolfo Mederos

viernes, mayo 09, 1980

Año 1980


Año 1980

Una de las cosas de las que se siente más orgulloso es de haber podido "comprar un piso a mis padres y retirarles”.

martes, septiembre 14, 1976

Juan Manuel Serrat During A Concert.1976


RECUERDOS 1976

Juan Manuel Serrat During A Concert.1976

The Spanish singer Juan Manuel Serrat during a concert, 1976, Barcelona, Catalonia, Spain. (Photo by Gianni Ferrari/Cover/Getty Images).

viernes, julio 09, 1976

Joan Manuel Serrat. En Paris


Joan Manuel Serrat. En Paris. Junio 1976.

miércoles, octubre 15, 1975

Serrat y sus musicos


Jóvenes ...en una gira
Quiénes están con Serrat?.. Gabriel Rosales el de la barba,. Músico. Jordi Clua, Bardagi y Frances Rabassa

martes, julio 01, 1975

Joan Manuel Serrat. Del informe realizado para Ariola Records.

Joan Manuel Serrat. Del informe realizado para Ariola Records. 01/07/1975.

Autora: Colita.
Archivo fotográfico de Barcelona.

(foto de Marcelo Ravelo)

sábado, octubre 14, 1972

RECUERDOS 1972 Jordi Sierra i Fabra y Serrat.

RECUERDOS 1972

Jordi Sierra i Fabra y Serrat.

Con Joan Manuel Serrat en 1972. Era raro que yo me pusiera corbata, así que no recuerdo por qué la llevaba ese día.
Joan Manuel ojea el primer ejemplar de una revista llamada Top Magazine que un socio y yo lanzamos esos días.

 

viernes, marzo 10, 1972