domingo, diciembre 22, 2013

Un recuerdo: Tío Alberto, el último gatopardo

Un recuerdo: Tío Alberto, el último gatopardo

Por Carlos Olalla el 22 diciembre, 2013

Fue un personaje de leyenda: inteligente, atractivo, guapo, tierno, apasionado, seductor, juerguista, aventurero, inquieto y, por encima de todo, generoso sin límite. Así era Alberto Puig Palau, inmortalizado como Tío Alberto por uno de los muchos artistas a los que ayudó en sus comienzos: Joan Manuel Serrat. Perteneciente a una acaudalada familia de la burguesía catalana que hizo su gran fortuna con el auge del textil, vio frustrada su vocación de médico por el empeño de su padre en que entrase a trabajar en la empresa familiar. Inconstante, como la mayoría de las personas apasionadas, estudió las carreras de ingeniería y derecho sin acabarlas, compaginándolas con filosofía, que tampoco acabó. El joven Alberto tenía un poder de seducción enorme. Su trato era siempre alegre y exquisito. Tampoco era extraño ver que las mujeres se giraran para mirarle cuando pasaban por su lado. Su pasión por las mujeres y por el mundo de los gitanos le llevaron a dejarlo todo y a irse a vivir con una joven gitana en las cuevas del Sacromonte granadino. El empecinamiento del padre en introducir a su hijo en el mundo del textil le llevó a enviarle a Lyon, de gran tradición sedera, con diecinueve años recién cumplidos. A aquel viaje siguió otro a Estados Unidos para que aprendiese todo sobre la maquinaria textil que podrían incorporar a sus fábricas. El iluso señor Puig pensaba que con aquellos viajes haría que su hijo sentase la cabeza y se entregase por completo a dirigir la empresa de la familia. La cosa no fue como esperaba ya que, compaginando su trabajo con sedas y máquinas, el joven Puig Palau se dedicó a lo que más le gustaba: el placer de conocer el mundo a través de la noche, la fiesta y las mujeres. En Estados Unidos, de la mano de su amigo madrileño Edgar Neville, encontró otro aliciente que marcaría profundamente su vida: la incipiente industria del cine. Seductor nato, tuvo varias historias de amor con actrices norteamericanas durante su estancia por aquellas tierras. Su última relación con una actriz durante aquel viaje fue Dolores del Río, que cariñosamente le llamaba “el chico de la sonrisa del millón de dólares”. Vivieron un apasionado romance que se prolongó en el viaje de regreso en barco a Europa. Ella venía a rodar una película en Berlín. Él, como siempre y estuviese donde estuviese, a disfrutar de cada segundo de su vida. La acompañó al rodaje e intervino como figurante en la que fue su primera, y no última, aparición en la pantalla. El padre, escandalizado, intentó comprar todas las copias de la película para que nadie viera a su hijo haciendo algo tan opuesto y alejado de lo que es dirigir una empresa.



De regreso a Barcelona, la vida del joven Puig Palau se desarrolló entre los ambientes más selectos de la parte alta de la ciudad y los más populares del barrio chino. La empresa le ocupaba los días; su insaciable sed de amor, las noches. La Barcelona de finales de los años veinte y principios de los treinta era una ciudad convulsa y tremendamente viva. Los enfrentamientos entre trabajadores y empresarios eran extremadamente violentos. El movimiento obrero estaba en su apogeo y la fuerza de los anarquistas iba cada día en aumento. Puig Palau, como todo apasionado devorador de la vida, vivía todo muy rápido. De hecho la velocidad fue otra de sus grandes pasiones. Llegó a correr en la fórmula 1 de entonces. En 1931, con veinticuatro años, se casó con una guapísima joven de buena familia de Barcelona, Margarita Gabarró. El padre de Alberto nunca llegó a ver aquella boda que tanto le habría gustado: había muerto atropellado dos meses antes.

Aunque las posiciones ideológicas del joven Alberto eran de izquierdas, cuando estalló la guerra se desplazó a Tetuán donde, con su savoir faire, su don de gentes y su facilidad para los idiomas, no tardó en entablar una buena amistad con el General Beigbeder, comisionado de la plaza, que le contrató como secretario. Meses después, enterado de la ideología alejada del franquismo de Puig Palau, Beigbeder le protegió relevándole de su puesto. Acabada la guerra civil Puig Palau regresa a Barcelona y hace lo que siempre hizo durante toda su vida: ayudar a los que lo necesitaban. Fueron muchos los anarquistas a los que protegió y ayudó a cruzar la frontera para escapar de la dictadura franquista. Su idealismo le lleva a participar en la Segunda Guerra Mundial junto a la Resistencia francesa contra los nazis. Por eso le concedieron la Orden de la Legión de Honor, la más alta condecoración francesa.

Hombre de gran cultura e inquietudes, que mezclaba lo más elitista con lo más popular, que trataba por igual a un príncipe que a un mendigo, durante toda su vida dedicó gran parte de su fortuna a ayudar a quien lo necesitaba y, especialmente, a artistas que, como suele acontecer en este país, pasaban verdadera hambre intentando vivir de su arte. De ese mecenazgo nació su relación con el joven Serrat, que daba los primeros pasos de su carrera musical. Su pasión por la arquitectura le llevó a encargarle al arquitecto Durán Reynals la nueva sede de la empresa en el centro de Barcelona. Tres años antes ya le había encargado la que, sin duda, fue una construcción mítica y legendaria de la Costa Brava gerundense: Mas Castell, su casa de veraneo en Palamós.




Puig Palau era hombre de pasiones a las que se entregaba por completo. Una de ellas fue el flamenco, un arte que le regaló una de las cosas más importantes de su vida: el conocimiento de los gitanos. Adoraba a los gitanos, su forma de ver la vida, de vivirla, y siempre les ayudó en todo lo que pudo. Todavía hoy se recuerdan las inmensas colas de gitanos que se formaban en el portal de su casa de la Diagonal barcelonesa. Fueron los gitanos quienes le bautizaron como Tío Alberto, título que para ellos simboliza el respeto que sienten por sus mayores y por la familia.

En 1950, gracias a los contactos que siempre mantuvo con la gente de Hollywood, se rueda en la Costa Brava “Pandora y el holandés errante”, con Ava Gardner y James Mason. Mas Castell vive todo su esplendor a partir de entonces. Los sesenta fueron los años del descubrimiento de la Costa Brava por la alta sociedad catalana, una sociedad a la que Tío Alberto frecuentaba a la par que escandalizaba con sus fiestas, su rojerío y su pasión por los artistas, los toreros y los gitanos. Josep Pla, Jean Cocteau y Dalí son algunos de sus amigos. A finales de los sesenta se da en esa sociedad catalana lo que fue bautizada como Gauche divine, la izquierda divina del Bocaccio y la Costa Brava. Compuesta por hijos de familias catalanas adineradas díscolos con el franquismo y la rigidez de costumbres que imponía, se caracteriza por romper los moldes de su época en un intento de abrir el cerrado mundo en el que vivían a Europa y a la cultura. Nombres como Gil de Biedma, Jorge Herralde, Beatriz de Moura, Carlos Barral, Joaquim Jordá, Ricardo Bofill, Oscar Tusquets, Oriol Bohigas, Jacinto Esteva y tantos y tantos otros formaban parte de aquel grupo de personas que se definían como de izquierdas, pero que aspiraban a vivir como de derechas. Tío Alberto, no podía ser de otra manera, fue uno de los miembros más destacados del grupo. Es en esta época cuando rueda varias películas con Gonzalo Suárez, uno de sus grandes amigos.El cine siempre le divirtió y seguro que, de haberse dedicado a ello, habría sido un gran actor. Su pasión por la vida no le impedía ser plenamente consciente de las limitaciones del país en que vivía: “Este es un país en el que nadie escribe sus memorias, y así nadie sabe cómo se vive. Es un país de analfabetos”.

Amante sin remedio del flamenco, siempre lo tuvo presente en las fiestas que organizaba, pero no contento con eso, llegó a montar un tablao en Palamós y a promocionar a los que más tarde serían grandes monstruos del flamenco, como La Chunga. Separado ya de Margarita Gabarró, en el célebre restaurante Madame Zozó de la Costa Brava, una noche conoce a una joven francesa casi cuarenta años menor que él de la que se enamora perdidamente. Ya no se separaron más. Compartió con ella el resto de su vida. Ella se sintió fascinada por la fuerte personalidad, la distinción y el don de gentes de aquel seductor sin remedio. Poco le importó la diferencia de edad. A él tampoco porque, como decía Picasso, tenemos la edad de la persona a la que amamos. Sin embargo, los tiempos de esplendor del textil y de la inmensa fortuna de Tío Alberto tocaban ya a su fin. Las nuevas tecnologías y, sobre todo, la deslocalización industrial arruinaron a la mayoría de industrias textiles del país. La de Tío Alberto no fue una excepción, aunque sí lo fue la forma de liquidarla: en lugar de dejar tirados a los trabajadores, vendió la mayor parte de su patrimonio para darles una indemnización digna. Ese proceso de venta de patrimonio incluyó la venta de Mas Castell. Pero el carácter y las ganas de disfrutar cada segundo de la vida de Tío Alberto siguieron intactas. Poco importaba no tener ya aquella magnífica residencia. Se contentó viviendo en un pequeño apartamento en Palamós, muy próximo a Mas Castell.



Alberto Puig Palau, Tío Alberto, fue uno de los últimos grandes señores de Barcelona, aquellos señores que amaban la belleza, el arte y la vida, que practicaban el mecenazgo desinteresado de la cultura y no el patrocinio interesado de los que les sustituyeron, que hicieron de su vida una permanente aventura manteniéndose fieles a unos valores que les caracterizaban como señorío, elegancia y generosidad, y no esa horterada nuevoriquil que ha venido después que cree que ser señor es tener dinero o, peor aún, que necesitan mostrar lo mucho que tienen para que los demás les respeten. Personas como él, personas capaces de arruinarse para que sus obreros cobren, de disfrutar intensamente la vida en un pequeño apartamento tras haberlo perdido todo, de estar siempre dispuestas a darse a los demás, de amar el placer del arte por el arte y la belleza por la belleza, ya no existen. Fueron los últimos gatopardos de los que hablaba Lampedusa. Los que vinieron tras ellos no eran más que chacales hambrientos. Gracias, Tío Alberto, por habernos enseñado que lo importante no es tener sino dar, y que, aunque podamos perderlo todo, siempre podemos vivir nuestros sueños, todos nuestros sueños…

Este precioso documental realizado por su biznieta, en su afán por aproximarse a un ser irrepetible que tuvo tan cerca pero al que no llegó a conocer, es un maravilloso canto a un ser humano que jugó las cartas que le dio la vida de la mejor manera que se puede hacer: compartiéndolas con los demás.

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