domingo, mayo 29, 2011

La casualidad de la improvisación


La casualidad de la improvisación

«Mis poetas», de Serrat

Jacobo de Miguel aparcó los estudios de Derecho para sentarse al piano, descubrió el jazz y sin darse cuenta se vio convertido en un profesional

Su profesor del Conservatorio, el mismo que le animó a sacarse en el mismo año los cursos noveno y décimo, contempló las dudas que tenía Jacobo de Miguel (Oviedo, 1973) sobre su otra carrera de Derecho y le dijo: «No hay nada de malo en que seas un abogado que toca bien el piano». Pero no. El pianista ovetense se metió, casi sin quererlo, pura casualidad, en el mundo del jazz, donde acaba de editar «Rockilo», su primer disco al frente de su propio cuarteto. Su historia continúa la serie con la que LA NUEVA ESPAÑA presenta a la generación OVD, los nacidos aquí entre 1970 y 1990 y convertidos en profesionales del siglo XXI.

CHUS NEIRA La charla tiene lugar la misma semana en que Jacobo de Miguel presenta «Rockilo», su primer disco al frente de su propio cuarteto. Y si esto fuera una biografía musical por elepés, esta última grabación completaría una lista que tendría que encabezar «Mis poetas», de Serrat. Empezaba la década de los noventa cuando el ahora pianista de jazz era un estudiante de Derecho sin demasiada vocación que un día empezó a estudiar con música y dejó de estudiar. Sonaban en el radiocasete cosas como «Cantares» y en la mesa se amontonaban un montón de leyes. Ese es el único punto de inflexión claro que el ovetense descubre en toda su carrera para explicarse a sí mismo cómo llegó al jazz. En realidad, resume «es un milagro que haga esta música, habiendo nacido aquí y en estas circunstancias, lo mío con la música es un caso de auténtica suerte, el origen de todo fue pura fortuna».

Por más que su madre le diga ahora aquello de «no te quejarás, hiciste lo que te dio la gana», Jacobo de Miguel no sabía entonces qué quería, dónde ir, qué hacer y tampoco conocía siquiera el significado de algunas partituras que había rescatado de casa y que ya trataba de tocar, como la fundamental «Ain't misbehavin» de Fats Waller.

Antes, Jacobo de Miguel había sido un niño bien mandado al que, como sus dos hermanos mayores y su hermana pequeña, habían puesto a estudiar piano, clases particulares con la profesora Irma, en Santa Susana. Decían que se le daba bien, pero no era algo de lo que uno fuera consciente entonces. Sí fue el único de la familia que acabó el grado medio. Pero llegó Derecho y dejó el piano. Lo que tocaba era estudiar, pero quién se concentraba con la música. En realidad, Jacobo de Miguel admite que era el menos capacitado de todos sus amigos para dedicarse a esto. Él era el que menos referencias musicales tenía. Fue gracias a Javier Moro, por ejemplo, como llegó a Tom Waits, en una labor de proselitismo musical que hay que aplaudir porque también el mismo Javier fue responsable de que su hermano Pablo se convirtiera en el cantautor Pablo Moro. En el caso de Jacobo, cuando la música de Serrat empezó a sonar por encima de los manuales de Penal II, fue otro amigo, Pedro de la Iglesia Fanjul, el que le animó a retomar los estudios de piano. «Y entonces hice la machada, me matriculé de noveno y de décimo a la vez. En junio saqué un curso y en septiembre otro». Jacobo seguía con sus dudas, qué hacer, y su profesor en el Conservatorio, Francisco Jaime Pantín, le animaba como podía: «no hay nada de malo en que seas un abogado que toca muy bien el piano».

Aquel año tocó mucho y no abrió un libro. Entre las piezas con las que acabó los estudios de piano, presentó la «Rhapsody in Blue» de Gershwin. Su amigo Nacho Felipe Cabeza no entendía cómo siendo Jacobo pianista no podían tocar juntos, y formó con él, su hermano Luis Felipe y Pablo Gayol «The Grullest Gumbs», un grupo que pretendía hacer cosas parecidas al jazz y en el que Jacobo, además, cantaba. El primer concierto de su vida fue en el Casa María, se presentó con su teclado Alesis Quadrasynth y el «síndrome del fin del mundo» y fue felicitado por cómo cantaba. Ese verano también estuvo en una orquesta, donde conoció a David Casillas, un bajista con el que, en la actualidad y junto al batería Fernando Arias, acabaría montando el proyecto «Eye in the Sky».

Dejándose llevar por las circunstancias, Jacobo de Miguel siguió formando grupos (su primera maqueta con «Ojos de perro azul», sus combos con Mapi Quintana y Carlos Pizarro, los cursillos en el Antiguo Instituto de Gijón) y de pronto, con 25 años y de nuevo sin habérselo propuesto, le ofrecieron ser el profesor de piano y teclado en los talleres de música «Pedro Bastarrica» de Oviedo. Fue el comienzo de la vida laboral como músico y un compromiso con la docencia que nunca dejaría, porque en la actualidad dirige un seminario anual de jazz en la Fundación de Música de Avilés donde trata de abrir la cabeza a los alumnos a nuevos mundos y eliminar los mitos sobre la música improvisatoria.

Esas clases en Oviedo fueron importantes, allí conoció a su chica, Puri Penín, y en parte porque ella es gallega y porque Jacobo empezó a conocer la escena de jazz de allí, en jams de clubs como El Filloa, acabó marchando a La Coruña a estudiar la carrera de jazz con 33 años, más por tener un título oficial de su actividad profesional que por una formación que a esas alturas y tras mil formaciones ya tenía. Desde entonces, a Jacobo de Miguel se le han cumplido sus sueños. Un día conoció al vibrafonista Tom Risco en Allariz y pensó que algún día grabaría con él. Ese fue su primer disco. También que sus profesores en Galicia acabarían siendo los músicos con los que tocaba o que llegaría este primer disco, gracias, también a gente como Michael Lee Wolf.

¿Nuevos anhelos? Los limita al trabajo, tenacidad al piano. Y, bueno, puede que dirigir una orquesta de jazz. Su pulso es muy firme. Al tiempo.




Información http://www.lne.es/oviedo/2011/05/29/

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