miércoles, junio 27, 2018

El dulce viaje de Serrat a aquel hotel de la Costa Brava


El dulce viaje de Serrat a aquel hotel de la Costa Brava

El cantautor catalán dio ayer el primero de sus tres conciertos en las Noches del Botánico de Madrid, con motivo de su gira de homenaje al disco «Mediterráneo»

Israel Viana
Madrid
27/06/2018 17:45h

No es muy habitual celebrar el 47 aniversario de un disco y, menos aún, hacerlo con casi setenta conciertos de aquí a Navidad cuando uno ya ha vivido 75 primaveras. «Es probable que alguno de vosotros haya pensado que no es un número tan redondo como 50 años, pero… ¡no estamos para esperar! Si eso cuando el álbum cumpla medio siglo, si me encuentro en condiciones, lo vuelvo a celebrar», bromeaba Joan Manuel Serrat tras inaugurar la velada con «Mediterráneo» y arrancar la primera ovación de la noche. Como si al cantautor catalán le hicieran falta muchas excusas para colgar el cartel de «No hay entradas» durante tres noches seguidas en Madrid.

Lo suyo es de otro mundo. Faltan meses antes de que aterrice en Argentina para dar nueve conciertos seguidos en el histórico Teatro Gran Rex de Buenos Aires —donde han actuado estrellas como Bob Dylan, Caetano Veloso, Lou Reed, The Beach Boys u Ornette Coleman desde 1937— y ya lo ha vendido todo en siete de ellos. El de ayer era el primero de los programados en el Real Jardín Botánico Alfonso XIII de la Universidad Complutense de Madrid. «Lo que quiero hacer en esta gira es volver a aquel pequeño hotel de la Costa Brava donde compuse el disco en 1971», anunciaba Serrat antes de comenzar a despachar, una por una —«un gustazo que nunca me había permitido»—, todas las canciones que convirtieron a aquel álbum en uno de los más exitosos e influyentes de la historia de la música en España.

Se refiere el catalán al hotel Batlle de Calella de Palafrugell, con vistas a la playa, en el que se refugió con 26 años para dar forma a aquella obra maestra que casi llama «Amo el mar». Solo llevaba un lustro en la música, pero fue capaz de componer a canciones que ayer, casi medio siglo después, sonaban nuevas a pesar de ser interpretadas con los arreglos originales. «Qué va a ser de ti», «Vagabundear», «Barquito de papel»… La gente bailaba tímidamente sentada en sus asientos, miraba como caía la noche y acompañaba al de Barcelona cantando versos tan tristes como los de «Pueblo blanco», aquella crónica más bien tétrica Serrat sobre el abandono de los pueblos en los 70 —«si te toca llorar, es mejor hacerlo frente al mar»—, pero que en Chile y Argentina sintieron como el relato de los crímenes de Videla o Pinochet: «Los muertos están en cautiverio y no los dejan salir del cementerio».

Da igual que le cante a la vida o a la muerte. Que homenajee a la canción francesa con una versión de Charles Trenet o a las coplas de Concha Piquer. Que hable con fina ironía de aquel cabo que insistía en el valor de las palabras cuando hizo la mili y provoque carcajadas a mansalva. Tampoco importa que cite a Mark Twain, a Cervantes o a su amigo Manuel Vázquez Montalbán para hablar de su Ulises favorito —el bajito, gordo y calvo Don Ulises Higueruelo de la revista «TBO»— antes de lanzarse con «Penélope» entre gritos de ¡viva! Todo da igual, incluso los fallos y los despistes, porque el carisma y el magnetismo que desprende Serrat sobre su austero escenario, vestido con un impoluto traje negro o sentado en su habitual taburete rojo de la antigua discoteca Bocaccio que tantas noches le vio beber junto a sus compañeros de la «Gauche Divine», es tan grande que es difícil abstraerse a él cuando sus canciones «salen a navegar juntas por el mar que los griegos llamaban Thalassa», comenta.

Puso al público en pie en varias ocasiones. Al cantarle a Antonio Machado: «¡Golpe a golpe, verso a verso!», gritaron todos a viva voz, quitándose unos años de encima. O a Miguel Hernández, con aquel poema que Serrat musicalizó en 1972, «Por la libertad», tres años antes de la muerte de Franco, para arropar el viaje que España iba a hacer en breve de la dictadura a la democracia. «El concierto está llegando a puerto», advirtió el cantautor a las dos horas de actuación, pero regaló «Horizonte», «Hoy puede ser un gran día», «Menos tu vientre» o la antaño censurada por el franquismo, «Fiesta», donde usaba la ironía para decir que todo estaba bien.

Tan a gusto parecía Serrat que se permitió el lujo de arrancar algún pitido entre público madrileño, sin echar esta vez mano del conflicto catalán: «Hoy estoy muy contento porque, por fin, Argentina ha ganado un partido y dejarán de meterse con el mejor jugador del mundo: Messi». Pero ni así se hizo enemigos. Tras un par de minutos de vítores y palmas, con toda la audiencia de pie sin moverse de sus asientos, el cantautor catalán tuvo que salir de nuevo a regalar, esta vez sí, su última «Palabra de amor».


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